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Devoción por ciertos espacios

Siento devoción por ciertos espacios, pero sólo por los que alguna vez significaron algo para mí; que, en cierta manera, se convirtieron en lugares de culto

Siento devoción por ciertos espacios, pero sólo por los que alguna vez significaron algo para mí; que, en cierta manera, se convirtieron en lugares de culto. Por ejemplo, la primera vez que viajé en avión fue con mi padre, mi hermano y mi primo Pedro Ascanio a la isla de La Palma. Fue en un DC-3, alguno de los cuales se cayó al barranco por el extremo de la pista del viejo aeródromo de Buenavista que lindaba con un barranco. Pues en alguna ocasión he visitado esa vieja pista, que hoy todavía existe en parte, he detenido el coche y la he recorrido a pie, recordando viejos aterrizajes, como el de aquel Junker pilotado por un ministro del Aire del régimen que, ante la tropa formada frente al pequeño edificio terminal, desapareció barranco abajo y el capitán al mando tuvo que ordenar romper filas y desplegar la fuerza para rescatar al militar y a su séquito, ante la sorpresa de los presentes en el recibimiento. También me gusta patear los campos de fútbol a los que el progreso sólo les ha dejado medio terreno de juego o menos, como el viejo campo del C.D. Vera, terreno que se comió en parte la autopista del norte y sus accesos al centro comercial. Naturalmente fue el Vera el beneficiado, claro. Recuerdo aquellos partidos entre el Vera y el Puerto Cruz, en cuyo equipo juvenil jugué. Años muy queridos para mí. Imagino, por ejemplo, lo que significará pasear por las playas de Dunkerke y encontrarte una reliquia de la batalla. O, como yo mismo, en la curva del Mocanal, en El Hierro, donde recogí algún resto perdido del P-3 Orion americano que se estrelló en la zona, alla por los setenta, siguiendo a un submarino soviético. Pues conservo alguna de esas reliquias. La historia siempre deja restos.

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