Hoy por hoy, son el quebradero de cabeza de los gestores culturales. ¿Qué quieren, a qué aspiran, qué los mueve o conmueve? Son variables, caprichosas, infieles, inciertas. Y ahora, bajo el imperio de la imagen y de la impronta digital, parecen sumidas en otros mundos. Reaccionan bien ante lo que a uno le parece malo, reaccionan mal ante lo que uno le parece bien. Esa falta de sincronía entre lo que piensa el gestor cultural y los públicos se me antoja como uno de los mayores dilemas del momento. Un ejemplo, en noviembre pasado, en el marco de un Festival de Artes Escénicas que se llevaba a cabo en el Teatro Guimerá, se presentaron importantes compañías europeas de danza contemporánea. Me tocó asistir a dos de esas presentaciones y quedar maravillado, pero el público en ambos casos no pasaba de quince personas. ¿Cómo se hace un esfuerzo de tales dimensiones para tan pobre respuesta? Otro ejemplo: en Cartagena de Indias, desde hace más de diez años, se celebra el Festival Hay: son cuatro días intensos de programación literaria que agota entradas, llena los hoteles de la ciudad y no deja un asiento libre en los vuelos que llegan con espectadores ansiosos.
La iniciación cultural, por llamarla de alguna manera, es un ascenso que va de escalones bajos a escalones altos: nadie va a leer a Joyce en el primer peldaño, nadie se reencontrará con El Principito en el último. Acondicionar la oferta cultural a un público determinado es todo un arte, y no hay que confundirse. Un museo de instalaciones tan novedosas como el TEA merece mayor respuesta de público, y a la vez un simple acto de calle reúne remolinos de gente. ¿Qué hace que una acción sea exitosa y otra desangelada? El buen gestor no puede programar por programar (“esto es bueno y lo demás no me importa”); más bien en sus indicadores debe incluirse las audiencias que conquista. En Tenerife muchas instituciones trabajan, muchas programan, muchas financian; se cruzan los actos, se promueven, se sobreponen. Pero me parece que, para ser más asertivos, hay que comenzar a medir las audiencias, porque perderlas por desinterés sería fatal. Una feria del libro no es exitosa sin lectores, una buena exposición no se aprecia sin ojos educados. Es cierto que el público cultural se forja en la educación (unos profesores que estimulen, unos hogares con bibliotecas), pero si no se cuenta con esa base es mucho lo que se puede hacer en paralelo: talleres de lectura o escritura, clases de pintura o danza, visitas guiadas a museos.
La queja recurrente por la caída de los presupuestos públicos en cultura es comprensible (para muchos gobernantes seguimos siendo el florero del gabinete), pero no hay nada que exija más que un público educado en cultura. Y a mayor exigencia, mayor reto para los gestores, que ya no se pueden quejar de indiferencia. El concepto de consumo cultural desagrada a muchos, pero en este mundo de contrastes y competencias debemos llevar la cultura al rango que merece: ser la palanca que mejor trasciende la finitud de la condición humana.
