Cartas desde rusia

Las fumarolas del Teide

Jamás pensé que este encargo de Carmelo se iba a producir jamás. Pero se produjo. La culpa, como de casi todo lo que de malo pasó en el siglo XX, incluida la minifalda, es de los ingleses

Jamás pensé que este encargo de Carmelo se iba a producir jamás. Pero se produjo. La culpa, como de casi todo lo que de malo pasó en el siglo XX, incluida la minifalda, es de los ingleses.

Cuando yo era un chiquillo en Santa Cruz, en los años 50 de nuestra era, perseguíamos a los ingleses que venían en los barcos. A los ingleses y en general a los extranjeros. A todos les pedíamos, en inglés, que nos dieran peniques. Para nosotros, el dinero, money, era inglés, y lo queríamos para chucherías y a veces para subsistir.

¿Y esta vez de qué tienen la culpa los ingleses? De su desmedido interés por el Teide, nuestra montaña sagrada, que desde antiguo nos da materia de alegría y controversia.

El asunto viene de lejos y tiene que ver con algo de la ya lejana infancia del citado Carmelo Rivero. En uno de aquellos periódicos que habitaron nuestra vida común, en mi caso en la adolescencia primera y en el caso del director de DIARIO DE AVISOS en la infancia más tierna, se produjo en la isla (y en la isla de enfrente) una polémica sobre lo que un periodista grancanario dijo en su diario (El Eco de Canarias o el Diario de Las Palmas, uno de los dos), que desde su pueblo en Gran Canaria había visto claritas las fumarolas del Teide, como que el volcán al fin se había hartado de chupar tierra y se había volcado en sacar fuego de sus entrañas. La que se armó en nuestra isla fue de órdago. Los dos periódicos existentes entonces, El Día y La Tarde, decidieron arremeter contra la isla adversaria y con el periodista susodicho hasta extremos de guerra civil atenuada por la ausencia de armas. Al final aquello se fue limitando a nada, pues ni hubo fumarolas ni era para alertarse. Todo se redujo, insinuó un periodista muy popular de la radio y de la prensa, Álvaro Martín Díaz, que se firmaba Almadi, a una borrachera del colega que había visto visiones.
Ahora me pregunta Carmelo si ha tenido repercusión en Moscú lo que ingleses desaprensivos han dicho sobre la supuesta actividad de nuestro volcán. Ni media palabra. Desde antes de la guerra mundial los rusos saben que los ingleses compiten con ellos en densidad de ficción, y sólo le hacen caso a lo que escribió Dickens. Y saben que un inglés se pirria por decir una mentira si rima con otro verso. Nada de nada, Carmelo, fumarolas del periodismo.