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el charco hondo

Los bolígrafos de los camareros

Cómo íbamos a imaginar que el bolígrafo del camarero piensa por sí mismo

Cómo íbamos a imaginar que el bolígrafo del camarero piensa por sí mismo. Claro que esa sorpresa llegó después de lo que ocurrió antes, y lo que pasó antes del después fue que empezamos a pedir y él que no, que no le hacía falta apuntar nada, ustedes pidan que yo memorizo, dijo, no se preocupen, y nosotros mejor que tome nota, qué necesidad de hacer ese esfuerzo, él que adelante, y nosotros sabiendo que el 98,56% de los camareros que no se apuntan las cosas vuelven al rato con los platos llenos de sorpresas, errores o aciertos que son meras casualidades. Cedió. Tanto insistimos que optó por buscar papel y bolígrafo. Pensamos que si tomaba nota el margen de equivocación quedaría reducido a dos cervezas de más, o a algún entrante inesperado, y no fue así, qué va, pero claro, cómo íbamos siquiera a imaginar que el boli del camarero piensa por sí mismo. Y sí, así fue, aquel boli transcribía lo que le daba la gana. Confiados, vimos con nuestros ojos cómo iba anotando lo que íbamos pidiendo, o eso supusimos que estaba pasando cuando en realidad nada de eso estaba ocurriendo. La transmisión de datos se interrumpió al llegar a la punta del boli. Dijimos tempura de verduras, ensalada de quinoa y revuelto de espárragos trigueros, acto seguido el cerebro del camarero recibió y procesó esa información, enviándola a los dedos que sostenían el bolígrafo, pero el boli, que razona y elige por sí mismo, consideró que no era día para verduras, quinoa o espárragos, y optó escribir tempura de bacalao, ensalada caprese y revuelto de gambas, que fue lo que el camarero nos trajo a la mesa, confirmándose que, efectivamente, el bolígrafo escribe lo que le sale de la punta, importándole poco o absolutamente nada lo que el cerebro del camarero le dicte. Otra posibilidad es que entre el oído del camarero y su cerebro las interferencias provoquen cortocircuitos, podría ser, por qué descartarlo, pero no parece que la cosa vaya por ahí. Creímos que si tomaba nota el margen de error quedaría reducido a la anécdota. Cómo íbamos a imaginar que los bolígrafos de los camareros a veces piensan por sí mismos, escribiendo y pidiendo lo que les da la gana.

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