El dirigente socialista, espoleado seguramente por alguien que tiene en casa, no dejó hablar a los miembros de su Ejecutiva. Se lanzó a la piscina, con una moción de censura incierta, que para que prospere va a tener que ser apoyada por los separatistas catalanes, que luego pasarán factura a Pedro el cruel, un perdedor. Un perdedor resistente. Lo del PP es, desde luego, impresentable, pero para que este país tenga cierta estabilidad hay que agotar la legislatura. Las primeras consecuencias económicas de la moción no se han hecho esperar: ha caído la Bolsa y ha subido la prima de riesgo. Es decir, que el caprichito y las prisas de Sánchez abocan a España a un futuro más que problemático. Le importa un pito. Él quiere salvarse de su propio naufragio, pero me da que la gente inteligente no lo va a apoyar. A lo peor, los kamikazes, sí, pero la gente que desea lo mejor para España no se puede sumar a esta carrera loca hacia La Moncloa, por el mero hecho de que a Begoña le guste alternar con la señora Macron y con la plebeya reina Letizia. Esta moción me da que tiene un recorrido corto, aunque en España hacer pronósticos es también estar abocado uno al fracaso. La moción ha logrado sus primeras horas de estrépito, que será combatido con dureza por las personas con dos dedos de frente, que aún quedan. Y al partido de Sánchez le restan todavía la sentencia de los ERE y las cancaburradas de la gente de Zapatero en Valencia. Aquí quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Y, mientras, España, siendo vapuleada por los tribunales extranjeros. Sencillamente, por su falta de credibilidad en general. Definitivamente, no tenemos remedio. Es nuestro sino.
