En una reciente charla sobre cuentistas venezolanos contemporáneos que me pidieron impartir en la Universidad de La Laguna, varios alumnos me preguntaron por la diferenciación entre cuento tradicional y cuento moderno. Y al respecto recordé que, en su famoso decálogo del buen cuentista, Horacio Quiroga se refería a tres grandes precursores de este último: Poe, Maupassant y Chéjov.
Esta distinción era una manera de reconocerse en familia, porque desde el siglo XIX, sobre todo con Poe, un género tan atado a lo feérico, a los cuentos populares o a la fábula tradicional, daba un brinco no tanto para reinventarse como para mutar de manera definitiva. El cuento moderno llegaba para separarse de su cuerpo madre y convertirse en una especie única, novedosa, con atributos propios. Ese sedimento que crean los tres dioses de Quiroga no puede ver tanto al pasado, donde sólo había raíces, como al futuro, donde todo era potencialidad y exploración. ¿Hay algo similar a las atmósferas misteriosas de Poe antes de él? ¿Hay algún paralelismo previo a Chéjov que diera cuenta de sus buceos psíquicos? Son autores que en sus propios desarrollos reinventan el género, con paternidades no sé hasta qué punto conscientes de la revolución que hacían.
Poe vivió de 1809 a 1849;Maupassant de 1850 a 1893;Chéjov de 1860 a 1904. El primero muere de 40 años; el segundo de 43; el tercero de 44. No llegaron siquiera a la medianía de edad, y sin embargo dejaron obras colosales, universos abiertos hacia el futuro, escuelas de escritura, cosmovisiones únicas. ¿Cómo se pueden crear obras de esas dimensiones con sólo cuarenta años de vida? Fueron autores de salud frágil, que lidiaron con enfermedades penosas: el gran homenaje que Raymond Carver le hace a Chéjov en “Una rosa amarilla”es precisamente una reescritura de la tuberculosis que lo acosó hasta el último de sus días. Escritores a tiempo completo, de tal pasión y compromiso que la vida misma llegaba incluso a sobrar.
Poe muere el año anterior al nacimiento de Maupassant, y éste nace diez años antes de Chéjov. Proximidades biográficas y sociales: el francés y el ruso presenciaron guerras letales, encarnizadas, que terminaron siendo referentes de sus piezas. Ciertos desarrollos fantásticos en Poe también pueden verse en Maupassant, pero sólo Chéjov los supera en la creación de tensiones psicológicas.
Todos se interesaron por el alma, pero unos veían la sombra en donde otros sólo veían enigmas. En los tres el lenguaje era la figura redentora, tejiendo un arco que en un extremo era críptico y en el otro luminoso. Tres cumbres, tres cimas aisladas, tres hitos fundacionales. Volvemos y volvemos a esos parajes porque las voces están vivas, porque las historias nos subyugan, porque la condición humana es expuesta al desnudo como quien se desangra en un lecho de nieve.
