Un señor de Guadalajara, tanto da de qué partido, siempre tendrá algo que decir desde su escaño sobre las decisiones que adopte el Gobierno de España en cualquier punto del territorio (Canarias entre otros, claro). En la proporción parlamentaria que les corresponde, los diputados de Guadalajara, Vigo o Huesca tienen algo que decir, decidir y votar respecto a la política presupuestaria del Estado en nuestras Islas; de la misma manera, tarde o temprano los diputados canarios acaban apoyando o rechazando planes de inversiones que atañen a esos señores (y señoras) de Huesca, Vigo o Guadalajara. Cualquiera que se siente en un escaño, procedente de da igual qué provincia, participa de las decisiones que al resto nos tocan más de cerca. Por eso cuando la presidenta del Cabildo de El Hierro proclama, y de qué manera, que el sistema electoral de las Islas no pueden decidirlo un señor de Guadalajara o un desconocido de Madrid, se deja en el cajón algunas páginas de la Constitución. Habría sido deseable que la fórmula electoral viera la luz, por unanimidad, en el ámbito parlamentario autonómico; pero ni el desconocido de Madrid ni el señor de Guadalajara tienen la culpa de que la reforma llegue a Madrid sin el apoyo del partido de Belén Allende. Lo suyo habría sido que la reforma llegara a las Cortes ya embalada, pero no pudo ser, de tal forma que ahora el mismo Parlamento que aprueba esos presupuestos generales del Estado que Allende aplaude, con idéntica legitimidad se pronunciará y decidirá sobre el sistema electoral canario. En el marco legislativo español estamos de lunes a domingo, y aunque a la presidenta del Cabildo le resulte incómodo que los parlamentarios de Madrid o Guadalajara voten nuestro modelo electoral, también los días así de grises debemos estar a lo que se diga, vote y decida en el Congreso de los Diputados. La democracia tiene estas extravagancias, hay que sentirse partícipe incluso cuando vienen mal dadas o, en su caso, cuando no nos gusta cómo vienen. En este punto, si Belén Allende comparte la premisa de que la reforma del Estatuto está por encima de todo, y así lo cree, haría bien ayudando a que el sistema electoral no acabe enturbiándolo todo por millonésima vez.
