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A lo mejor es que llegó el final

El otro día, un comisario de policía me dijo: “Ni tú dejarás nunca de ser periodista, ni yo dejaré nunca de ser policía”

El otro día, un comisario de policía me dijo: “Ni tú dejarás nunca de ser periodista, ni yo dejaré nunca de ser policía”. Bueno, se tratan de dos profesiones vocacionales y respetables, si se ejercen bien. Pero él no tiene el problema que tengo yo y es que cada día que pasa, cada día que falta para el final -porque habrá un final- siento una mayor sensación de que lo que escribo no sirve para nada, de que no puedo servir a la sociedad, sencillamente porque nadie me hace caso. Créanme, el periodismo en este país está pasando por una etapa terrible, politizado, vendido e instalado en esa posverdad de la izquierda y de los nacionalismos, inventada para salvarse ellos y condenar a quienes los joden. Se acabó el respeto por todo, o sea que corremos peligro de convertirnos en un “no país” abocado al desastre. Ahora mismo vivimos una situación política que no tiene salida, incapaz de soportar la presión de unos líderes catalanes que acorralan al débil y nuevo Gobierno para que facilite la independencia de Cataluña (deseada por menos de la mitad de esa comunidad). También vivimos la presión de esa especie de horda de la izquierda redentora, algunos de cuyos líderes se compran chalets de 600.000 euros, que se sepa (porque hay quien dice que esa es la cantidad blanca, que hay otra negra entregada). Ha alcanzado la presidencia del Gobierno, gracias a los errores estratégicos de la derecha, un fatuo socialista que cederá en todo lo que le pidan quienes lo puedan mantener ahí. Y los optimistas, entre los que me encuentro, opinan que hay Gobierno para dos meses. ¿Y qué gano yo escribiendo de todo esto? ¿Seguir viviendo en un apartamento? ¿Continuar siendo aquel chico que iba a contracorriente, mandando a todo el mundo a tomar por saco? A lo mejor es que llegó el final.

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