En un kílix o copa ancha y poco profunda que data del año 460 a.C. se contempla a Afrodita vestida con una túnica roja, bellísima, alta, con cuello amplio y espléndido y sobre un cisne. En el museo del Louvre podemos disfrutar de la escultura decapitada de la diosa, cuerpo admirable, la ropa atrevidamente pegada a la piel que da a ver los pechos perfectos, el ombligo, las curvas… Esa estampa se repite a lo largo de la historia del arte en Occidente, desde el maravilloso El nacimiento de Venus, de Boticelli, ella desnuda sobre una concha que sale del mar, el pelo ensortijado por el viento, a la Venus del espejo de Velázquez.
Cabe leer u oír que Afrodita es la diosa del amor. Se acepta sospechar, pues ante lo que es y representa la pregunta se impone: ¿quién la creó, los dioses varones o las diosas hembras?
Lo que acredita Afrodita es la pasión, el disfrute sexual. (Aunque también, desde las instancias primitivas, la reproducción.) De donde figuras similares se registran en las culturas más remotas del mundo, muchas extrañas entre sí, desde los sumerios, los fenicios, los quechuas a los aimaras… La cuestión es confirmar eso que arrastramos los seres humanos desde que pensamos: en heterosexualidad, hombres perdidos por solo ver a una mujer con semejante aspecto y talento. Platón lo confirmó en El banquete y con ello jugó Pierre Louÿs en su Afrodita, donde escribe “para ser amado no cabe otro cumplido que el odio”.
El nombre Afrodita está relacionado con la palabra “afrós”, que significa “espuma”, luego, la que “surge de la espuma, del agua del mar”. Y también se relaciona con el planeta Venus. Con él, la doble presencia en el firmamento: al anochecer y al amanecer; diosa en doblez: noche-día, macho-hembra, todo, completa, absoluta. Porque su nacimiento lo fue por una de las pruebas más severas del Olimpo, el que Cronos le cortara los testículos (la masculinidad) a su padre Urano.
¿Qué sustraer de su firmeza?
Lo que los depravados machos han desconsiderado a lo largo de la historia: la condición del ser y de la pertenencia, la potestad de manifestarse en hermosura y en decidir. Diosa casada con Hefesto, al que no fue fiel, claro, amante del bello Adonis y defensora de Paris en su contienda por Helena. Con ello la estima de una virtud incondicional: hay cuestiones irrevocables aunque arrase la guerra. Eso fue lo que corroboró, en sí y en lo que protegió.
¿Quién osa seguirla en un mundo tan perverso como el nuestro?
