Hay quien sostiene que una de las causas del reciente triunfo del PSOE en el giro parlamentario reside en el cambio de generación. La España del cuatripartito está bajo su signo. Cuando se cumplen 40 años de casi todo, incluida la Constitución, vemos que los partidos mayoritarios han venido manteniéndose con una permanencia en sus cúpulas, con escaso cambio desde el origen.
La aparición de Ciudadanos y Podemos ofrecen por ello la lectura de ser escisiones jóvenes de los otros dos partidos. Donde sus gerontocracias han mantenido bloqueado el ascenso meritocrático de los jóvenes. Y al tiempo han producido la desafección del voto joven, huérfano de su atención. Tesis que se refuerza con la definición de corrupción, entendida como consecuencia de un mal reparto del poder. O sea, que cuando éste no se reparte, la corrupción se reproduce inexorablemente. Se bunkeriza el sistema. Sería higiénico consolidar legalmente el máximo de dos mandatos para las corporaciones ejecutivas singulares, nacionales, autonómicas y locales.
El éxito de la operación PSOE se encaja en esas fracturas donde los tiempos cambian. Oportunidad y arrojo. Nos viene a cuento la obra El Príncipe (1532), de Maquiavelo, que emula a Fernando el Católico, padre de la actual nación española con Isabel de Castilla. Donde señala que el príncipe debe tener una obsesiva persecución de poder y prestigio. Cueste lo que cueste, con independencia de las consideraciones éticas. Incluso el asesinato político queda autorizado si es encubierto. Aquí su éxito sería juzgado honrosamente por el vulgo. El objetivo del Estado es su propia supervivencia y, por lo tanto, la mentira es la conducta política menos mala. El príncipe debe ser amado y temido simultáneamente, para mantener la firmeza del territorio que gobierna. Evitar ser odiado mantiene las posibilidades de no ser destituido. No alterar las leyes ni subir los impuestos. Buenos consejos para el príncipe que escucha.
Parece que en la orientación del PSOE ha jugado un papel determinante el marketing político, superando la doctrina de Arriola del inmovilismo mariano, donde el tiempo lo arreglaba todo, máxima que en tiempos de cambio vemos que no funciona.
El artífice, un vasco formado en Estados Unidos, Iván Redondo, bajo cuya asesoría ganó a Susana Díaz, dio el golpe de Estado en el partido apoyándose en los jóvenes y con humildad y épica en el discurso, se alzó con la Presidencia. Nos confunden las sombras que arroja la España deconstruida por el nacionalismo, que inclinó la balanza. Nacionalismos que en su deriva pretenden mantener que la reciprocidad no va con ellos, tanto los que actuaron por acción como por omisión.
Se abren tiempos activos. Después de las guerras, la nuestra ha sido económica, el pueblo prefiere premiar a quien no la hizo y jubilar a su vencedor, se pide por ello más gasto público y menos austeridad. En la lógica tradicional podríamos decir que necesitamos más Europa, más nación y más acuerdos. Sin reparar que en el mundo actual de la posverdad son las relaciones públicas y la comunicación estratégica las que distorsionan la realidad. A fin de influir en la opinión y condicionar las decisiones sociales. Multiplicando su efecto replicante en las cajas de las redes sociales. Por ello la partida se juega hoy en varios y opuestos campos al tiempo, sin reparos, asumiendo los daños colaterales y con un alto nivel de riesgo e incierto futuro. El proceso es histórico, complejo, situacional y fluido. El problema estará allí donde se ofrezcan soluciones, sin valores democráticos. Algo más que un grupo electoral en campaña.

