tribuna

En el Día Mundial del Medio Ambiente

La situación en la biosfera, ese entramado de vida mantenido gracias a la delgada capa de agua, aire y tierra que rodea al planeta, atraviesa una fase preocupante

La situación en la biosfera, ese entramado de vida mantenido gracias a la delgada capa de agua, aire y tierra que rodea al planeta, atraviesa una fase preocupante. Tan solo recientemente nos hemos visto obligados, por la fuerza de las cosas, a preguntarnos si la humanidad, convirtiéndose con su crecimiento demográfico y económico incesante, es un factor intolerable. Una cuestión crucial a este respecto es la de saber si nuestra interferencia en la biosfera no está sobrepasando su capacidad regeneradora. Es decir, si los casi ocho millones de humanos que poblamos el planeta no estamos intoxicados por los avances tecnocientíficos e industriales y tan cegados por los resplandores del bienestar material que estamos extendiendo la explotación de los ecosistemas del mundo más allá del punto de no retorno.

Nadie niega, hoy en día, el impacto que ha tenido sobre la diversidad del planeta la expansión de la civilización humana, ni sostiene que la magnitud de la destrucción, degradación y manipulación que el ser humano ha desencadenado sobre los ecosistemas se puede comparar con cualquier cosa semejante que ocurriera en el pasado. Sin embargo, la realidad desnuda es que esto es lo que está sucediendo de hecho día tras día a través del mundo entero.

Quiero hacer una reflexión desde el punto de vista biológico. La carga genética del planeta, construida, diversificada y perfeccionada a lo largo de decenas y centenas de millones de año en los laboratorios de la naturaleza, se está viendo inexorablemente acosada y decimada; asimismo, ocurre con frecuencia que se están destruyendo para siempre los hábitats esenciales para la existencia y evolución de tantísimas especies. Innumerables microorganismos y otros sistemas vivos relativamente similares, cuyas funciones son insustituibles para el equilibrio dinámico y autocorrector de la biosfera, están siendo sencillamente barridos de la faz de la tierra. Nuestra ceguera actual nos impide ver lo indispensable que es para nuestra existencia saludable la extraordinaria diversificación de la vida. Cada planta, animal, por pequeños que sean, forman en sí un microcosmos. Para llegar hasta hoy con vida, todos ellos han tenido que atacar y resolver, a menudo de manera harto ingeniosa, miles de problemas bioquímicos y biofísicos que las más de las veces nos resulta imposibles formular.

Cuando los estudiamos con la suficiente paciencia, encontramos que todas las formas de vida son increíbles bancos de preciosa información. Y, con frecuencia, lo que intenta hacer un científico ya lo ha hecho probablemente muchísimo tiempo atrás una simple ramita de una planta de una mejor manera, más barata y más limpia. Así pues, extinguir otras formas de vida es peor que quemar bibliotecas, ya que con ellas destruimos para siempre una fuente de saber que quizás no exista más que en su sabiduría y experiencia naturales.

La crisis a que nos enfrentamos es, pues, una crisis de identidad y de fines. Ha crecido con nosotros y es a la vez causa y consecuencia de las profundas inconsistencias que tornaron a nuestros pensamientos y acciones con nebulosas insatisfactorias. Pone de manifiesto igualmente el desfase existente en crear y de lo torpe de nuestra comprensión de por qué estas han llegado a serlo, así como nuestra capacidad para vivir con ellas. De este modo nos precipitamos en el futuro empleando los medios más avanzados a nuestra disposición, toda vez que nuestros pensamientos, emociones, políticas e instituciones permanecen ancladas en un pasado que ha dejado de existir. La dicotomía entre nuestra sofisticación tecnológica y nuestra obsolescencia filosófica y de comportamiento proporciona un ímpetu creciente a las fuerzas que han generado y que ahora tienden a perpetuar nuestra crisis.

No obstante, hay que mantener vivo el optimismo y pensar que las generaciones futuras corregirán parte de la gestión ambiental que les hemos dejado en herencia.

Wolfredo Wilpret, habitante de la Biosfera, desde los singulares paisajes de la Westfalia oocidental

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