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Enemigos y leyendas

Está claro que uno que escribe todos los días, como yo, tiene tantos amigos como enemigos. No sólo por el ejercicio del periodismo -que también- sino por sus efectos en la vida privada. Este artículo lo va a escribir hoy el gran César González-Ruano, del que soy devoto. Cuenta César en sus Memorias que el periodista Vargas Vilas, un tipo muy peculiar, le dijo un día: “Cuide usted mucho de tener una leyenda. Si no tiene difamadores, haga por tenerlos. Si no tiene usted una leyenda monstruosa, horrible, no será nunca nada. Ya sabe usted ser audaz, hacer elogios crueles y meterse con los maestros. Ahora procure usted que le difamen. ¡No hay tiempo que perder!”. Esto lo he contado alguna vez, pero no está de más repetirlo. César, en el mismo relato, dice que “a mi entender, un escritor no se distingue sólo de los demás por el hecho de escribir, aunque esto sea importante, sino por una serie de circunstancias casi biológicas y de interpretación moral y social que lo sitúan y caracterizan humanamente tanto o más que sus escritos”. Quienes nos asomamos al escaparate de la prensa somos presa, tarde o temprano y en cuanto destaquemos un poco, de una leyenda negra que los lectores, o al menos ciertos lectores, te van creando, para presumir de que te conocen bien, cuando no tienen puta idea de quién eres ni de lo que haces ni de lo que dices ni de cómo actúas fuera de las fronteras del artículo. Así que yo soy víctima de algunas leyendas, alentadas por personas a las que, probablemente, he hecho daño, queriendo o sin querer. Sin ejercer de querubín, estoy convencido de que soy mucho mejor persona de lo que dicen por ahí. Pero la manta de la difamación es muy pesada.

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