Las películas de la televisión llenas de sangre que emiten por la noche, las cartas negras de Hacienda, los triunfos exiguos y trabajados de la Selección Española y otros acontecimientos tenebrosos, unido a la subida de las temperaturas, me provocan insomnio. Un inoportuno cólico evitó que pudiera participar en un programa de TVE sobre el hotel Mencey, ad amoren como desde que me jubilé, y así ando, arrastrando ese insomnio, por estas noches portuenses llenas de jubiletas que madrugan y de niños de fin de curso que trasnochan. Es como un choque de trenes. Los jubiletas y los manganzones me unen la noche con el día y como mi calle es la más ruidosa del mundo, estos sonidos absurdos de hombres y de mujeres perdidos que compran loros de fieltro y de infantes escandalosos y generalmente bebidos turban mi descanso. Sólo una siesta, de esas que llaman reparadoras, es capaz de hacerme descansar, turbada tantas veces por la escandalera de los empleados de un banco, al que ahora le ha dado por abrir por la tarde, al salir del trabajo, liberados ya de la presión de sus jefes que les exigen resultados y desfogados en el diálogo de sus propias miserias. La vida es, al menos para mí, una sucesión de lo mismo. Compro lotería, que nunca me sale, hablo huevonadas con algún amigo, escribo un artículo, me mando un bistec empanado en El Pole, adornado con un huevo frito, y me mentalizo para cuando me salga alguna enfermedad que me mande pal carajo. No tardará. Es el sino de los que hemos llegado a la tercera edad, de la que yo me descojonaba hace algunos años. Me queda el consuelo de la perrita, cuando me mira con esos ojos tristes, pidiéndome que no me vaya. Sigo en pie, pero a duras penas.
