tribuna

Los desafíos del libro

Ahora que concluye la Feria del Libro de Tenerife, en su trigésima edición (1998-2018), vale la pena reflexionar sobre las amenazas que se ciernen sobre el libro, ese objeto casi mágico en el que Jorge Luis Borges veía la extensión del cuerpo humano

Ahora que concluye la Feria del Libro de Tenerife, en su trigésima edición (1998-2018), vale la pena reflexionar sobre las amenazas que se ciernen sobre el libro, ese objeto casi mágico en el que Jorge Luis Borges veía la extensión del cuerpo humano. Con el inicio del milenio, víctima de la era digital, se decretó su muerte quizás de manera muy prematura, tal como años atrás, con el advenimiento de la televisión, también se decretó la de la radio. Pero lo cierto es que, ante el acoso del libro digital, cuyo reinado se anticipaba por doquier, las predicciones se quedaron cortas.

Todo libro cuyo soporte es informativo (tratados, enciclopedias, manuales, guías y no se diga publicaciones periódicas como diarios o revistas) difícilmente se sostiene frente a la agilidad e instantaneidad de los medios electrónicos, pero en cuanto al libro de placer, de deleite, de recreación, léase de alimento espiritual, el lector sigue privilegiando esos planetas sucesivos y encuadernados de la galaxia de Gutenberg. Da la impresión de que la intimidad, el roce del papel, la posibilidad de marcar o anotar, son experiencias insustituibles. Se tiene con ese objeto milenario un asomo de lo que se tiene con un cuerpo amado: tacto, olfato, vista, y hasta sabor y escucha si el narrador es capaz de evocarlos en cualquier pasaje.

Puesta de lado la relación amorosa, pareciera que los peligros del libro están más bien en su falta de uso en escuelas, institutos o universidades, donde pareciera que la enseñanza no pasa por la letra. Es asombroso ver las faltas de ortografía que exhiben nuestros niños, o las citas enteramente digitales a las que refieren los bachilleres, o la pobre redacción de las tesis de grado. Lo que antes era central –manejar un vocabulario, saber acentuar, entender la función de un punto y coma–, hoy parecen consejos aburridos de abuelos, a los que nadie atiende por suponerlos periclitados. Los hábitos actuales, que cada vez más responden al reino de Narciso, nos ponen a vivir en la superficie y nunca en las honduras del alma, pero la condición humana siempre ha sido algo más complejo que estar atados de pies y cabezas a los smartphones. La enfermedad, la muerte, la tragedia, pero también el amor, la hermandad, la amistad, no vienen con manuales de uso; para eso tenemos el misterio de la vida, que muchas veces es abordado por libros que son novelas o poemarios con la profundidad que sólo los grandes autores logran. Son los espejos fieles con los que nos enteramos de lo que nadie nos ha contado.

Para la salvaguarda del libro, y por ende de la lectura, nos queda la familia o la escuela. Semilla que se siembre en esas instancias, planta que se asegura en la adultez. Los seres desleídos no sólo se comunican mal, sino que también piensan a medias, pues de alguna manera la reflexión que pasa como susurro por nuestras mentes es una cadena de palabras. Y palabras son las que nos permiten decir alma o corazón.

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