El azar del destino –y la invitación del foro de “jóvenes turcos” del centrismo que allí se reúne- me llevó el miércoles por la noche a sentarme en la misma silla de la misma mesa del reservado del restaurante Arahy en el que pasó Rajoy la tarde entera del jueves 31 de mayo, mientras triunfaba en el Congreso la moción de censura que lo derribó.
Bueno, en la misma silla no. Estaba tan descoyuntada por las ocho horas de tute a la que fue sometida, la pobre, por el tic de pies inquietos del finado, que parecía una mecedora al borde del colapso. Tuve que pedir su reemplazo, no fuera a ser que rodara por el suelo y, en medio del jolgorio, aquella terminara siendo la última silla trampa de Rajoy.
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