Desde el 7 de junio y hasta el 28 de julio, en el Teatro Fígaro de Madrid, se ha venido presentando el espectáculo Piaf: voz y delirio. El programa de mano lo define como un musical, pero claramente es más que eso. El espectador experimentará un viaje en el tiempo para redescubrir calles abandonadas, hogares pobres, locales nocturnos, empresarios ávidos del espectáculo, ventanillas iluminadas en la madrugada. Todo esto logrado con un diseño escenográfico móvil, que convierte una callejuela en habitación o un camerino en escenario teatral. Con ayuda de videos de época, proyectados en telas movedizas, se reproducen los fastos históricos que enmarcan el relato: las heridas de la Primera Guerra Mundial, la París empobrecida de comienzos del siglo XX, la bohemia francesa derivando bajo la pulsión del Cubismo y el Surrealismo, la vergonzante ocupación nazi de los 40, el período de desocupación con sus deudas pendientes de traiciones e infamias.
Desde los inicios, en un rincón del escenario, especie de dormitorio de los últimos días, una anciana de 47 años, víctima de una artrosis severa, se inyecta dosis de morfina con ayuda de una criada o más bien confidente. Es Edith Piaf, quien, como el Segismundo de Calderón, eleva un soliloquio con el que rememora su vida. Allí podremos reconocer su infancia vivida en el circo de sus padres, los primeros tonos que cantó de La Marsellesa, su miseria estructural, su fuga temprana hacia destinos inciertos, el acoso siempre cercano de la prostitución, el primer empresario que creyó en ella. Este prodigio de síntesis, nada fácil de lograr, viene de la pluma de Leonardo Padrón, poeta, cronista y guionista venezolano, que ha sabido hilar los puntos más significativos de una vida atormentada cuyas breves dosis de trascendencia sólo pudo alcanzarlas a través del canto. Pero hablando de canto, la figura esencial, única, de la obra es la joven cantante y actriz Mariaca Semprún, quien encarna su personaje a tal nivel que produce escalofríos. Esa mujer que camina con pausa, que casi renquea, de risa congelada, de rictus invariable, que mira a la audiencia como si fuese un mar oscuro, que se alimenta de aplausos, que se ilusiona con sus amores, interpreta las piezas de la Piaf como si realmente la diosa del canto hubiese bajado a escena. La dicción, la erre germánica que reverbera, las sílabas todas pronunciadas, la manera de modular, la pronunciación impecable de un francés meridional, hacen que Edith perviva en el alma de Mariaca, ya claramente resurrecta. No deberíamos hablar de un estado de posesión, aunque pudiéramos, pero sí de un enorme tributo que la cantante venezolana, casi un siglo después, le hace a la legendaria parisiense. Allí están todas sus canciones, las más repetidas y también las olvidadas, interpretadas con el acompañamiento de una formidable banda musical. El espectador saldrá de la sala susurrando alguna pieza, con la sensación de que Edith sigue presa en el auditorio, esperando la próxima función.
