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557 millones

Refiere el título a la cantidad de personas que, al día de hoy, según datos del Instituto Cervantes, hablan el idioma español

Refiere el título a la cantidad de personas que, al día de hoy, según datos del Instituto Cervantes, hablan el idioma español. Esta prodigiosa lengua que se escribió por primera vez hacia el siglo VI en un monasterio de Castilla ya era milenaria cuando llega a América y se expande por todo el espinazo continental. Su fortaleza de hoy es sobre todo cultural y humanística, que no precisamente científica o tecnológica, campos en los que baja a una sexta posición por debajo del inglés o el alemán. En un mundo cada vez más sincronizado, sin embargo, ya no podríamos repetir la consigna de Unamuno “que inventen ellos”, sino pensar en estrategias de penetración y crecimiento. Nos guste o no, triste para la Cultura pero celebratorio para la Economía, vivimos una verdadera guerra de idiomas, donde los que crecen ya viven en el futuro y los que decrecen redactan sus epitafios. Mientras leemos estas líneas, un dialecto africano deja de hablarse o una lengua amerindia cesa de existir. Cada vez tendremos menos idiomas y cada vez serán más los hablantes de las lenguas dominantes. Los seis millones de daneses o los nueve millones de suecos o los cuatro millones de lituanos podrán estar tranquilos en sus respectivas repúblicas, pero esos idiomas no crecen, están confinados a sus propias geografías, y cada vez contarán con menos hablantes porque las tasas de crecimiento poblacional reflejan más decesos que nacimientos.

Los idiomas crecen esencialmente por tres razones: las culturales (oleadas de inmigrantes hispanoamericanos hacia Estados Unidos), las económicas (esa lengua franca del intercambio comercial que es el inglés) o las tecnológicas (esa babel del futuro que ya comienzan a imponer laptops o smartphones). Para el español las áreas de oportunidad remiten a estos dos últimos campos: tarea nada fácil porque ya vamos rezagados, pero no imposible. La propia realidad poblacional de la América hispana, por ejemplo, puede imponer que el castellano sea el idioma de sus intercambios comerciales, y de allí a hacerlo con terceros es tarea más llevadera. Ser el tercer idioma más hablado del planeta ofrece unas ventajas indescriptibles, y quien no lo quiera ver actúa como un ciego. Las políticas de expansión idiomática son prioritarias, pues en el campo de las lenguas también tendremos ganadores y perdedores.

Nadie imaginó que el esfuerzo evangelizador de la España colonial en América fuese a sembrar un solo idioma en aquellas extensas geografías. Una realidad muy distinta, por cierto, a la atomización lingüística que se vive en la península ibérica, donde cada provincia vuelve por sus fueros y hablas de antaño. Puede entenderse, repito, por razones culturales, que siempre son nobles, pero no si vemos hacia el mundo del futuro, que será uno solo. Mientras nos debatimos entre fijaciones territoriales, las aulas de las universidades españolas se llenan de estudiantes chinos, quienes no vienen precisamente a aprender mandarín.

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