La exclusividad, eso que no midan con metros o que conduzcan por la izquierda, hizo que fuera factible un programa xenófobo y mentiras para dar con un referéndum apañado. El logo que vi en la ropa de bebés en Londres y decía 100% British, 0% European se confirmó. Vuelven a su cuerpo: el viejo reino no es islas, es continente, lejos de los vecinos de tierra firme. El asunto no es que una parte de los primitivos anglos confirme su soledad sino que contradiga la lógica y la razón. ¿Esa es una condición de los seres humanos? Supongamos que Europa no sea lo perfecta que deseamos que sea, pero se construye y el alzamiento no implica solo a una moneda única (que ellos no tienen) sino la fisura de las fronteras, el libre traspaso de personas o el comercio. Relación de encuentros y no de rechazos, la disfunción de una de las barbaridades de este mundo, el nacionalismo. Idiomas en contacto, distintos en contacto para erigir. Eso es el futuro y no su revés. En ello esa insensata sociedad no está; está en la aporía de la autosuficiencia, cuando nadie en esta tierra lo es ni lo puede ser. La pacata May lo decidió: el delfín del acuerdo es/fue David Davis, un convencido de la eficacia de los votos que partieron a su país en dos, la vieja y remota excepcionalidad y la nueva y comprometida integridad. El tiempo da a entender que los ardites políticos de la May son burdos, porque un príncipe de esas características en semejante trinchera, y no un dirigente sensato aunque fuera para esa negociación, no venía a cuento. Y peor confiar la diplomacia a un tal Boris Johnson. Los dos la han dejado tirada; lo de menos es el porqué. Lo que suena en el Reino Unido hoy son las consecuencias: dos fronteras de conflicto, Irlanda-Irlanda del Norte y España-Gibraltar, miles de millones de pérdida, retroceso de una de sus joyas, la City, o que empresas (como Jaguar-Land Rover) se planteen dejar de ser inglesas. Lo que esa comunidad no vio fue la estrategia de algunos de sus gobernantes desde Margaret Thatcher: el chantaje. El gobierno europeo, al que creyeron sojuzgar con su decisión, lo pone sobre la mesa: ninguna otra excepción. Jean-Claude Juncker lo confirmó: “Los que se van son ustedes”. Luego, se acabó. Y es que nos gustaría confirmar, como europeos que somos, que la insensatez no forma parte del proyecto. Además esa sociedad sobrada tiene a bien exigir algo que exponen como derecho, el complot. Y no. En todo caso han de confirmar lo que ruinosamente ahora son: excluidos.

