Es probable que Pedro Sánchez no pretendiera hacer un Gobierno tan poco paritario y tan radicalmente feminista, pero, en el escaso tiempo que los medios y la opinión pública le concedieron, y como ocurre siempre en estos casos, tuvo que enfrentar una intrahistoria, que se puede reconstruir con informaciones y filtraciones periodísticas. Fue una intrahistoria de negativas por diversas causas, y de hostilidades y ambiciones personales, que le obligaron a un cierto baile de carteras e, incluso, a prescindir en última instancia de algún candidato que ya había aceptado el puesto, lo que afectó al equilibrio de los sexos ministeriales.
También dejó en la cuneta a estrechos colaboradores en el partido, como su jefe de Gabinete o su vicesecretaria general. Todo ello presidido por su objetivo de constituir un Ejecutivo que no alarmara demasiado a nadie, en el que muchos sectores sociales se vieran representados (por ejemplo, los homosexuales, en Interior y Cultura antes de la dimisión de su primer titular), y que se vendiera bien en esos medios y esa opinión pública que le metían prisa. Es lo que desde la oposición han calificado de Gobierno marketing o Gobierno pasarela o escaparate, de mucho ruido y escaso horizonte temporal.
Las tensiones con los llamados barones territoriales socialistas hicieron que, sin comunicárselo a Susana Díaz, ofreciera una cartera a su consejera de Hacienda y, todavía peor, ofreciera otra al militante que intentó infructuosamente conseguir avales para disputarle las primarias a la presidenta andaluza, cuya fraternal enemiga Carmen Calvo se ha consolidado como segunda autoridad del Ejecutivo. Tampoco Pedro Sánchez informó al presidente valenciano del ofrecimiento a su consejera de Sanidad. Y el único barón territorial afín, el presidente extremeño, rechazó su oferta.
Por el lado de los jueces y fiscales, Margarita Robles pretendía revivir su pasado de secretaria de Estado de Interior con una cartera de Justicia e Interior, que la corrección política actual desaconsejaba; tuvo que aceptar que una fiscal progresista amiga de su enemigo Baltasar Garzón obtuviera Justicia; y, al final, terminó en Defensa, desplazando a Constantino Méndez, secretario de Estado con Carme Chacón, que había aceptado ya y que había concitado incluso el respaldo del Rey, y exigiendo recuperar para Defensa el mando orgánico directo sobre el Centro Nacional de Inteligencia, en detrimento de la nueva vicepresidenta.
La pasarela se acentuó en los casos de Ciencia y del primer titular de Cultura, con un punto de sorpresa surrealista, dada la absoluta inexperiencia en gestión de los designados. José Luis Ábalos cayó en Fomento como podría haber caído en cualquier cartera. Y el surrealismo alcanzó su paroxismo con los no confirmados rumores del nombramiento como director de la Seguridad Nacional de un coronel defensor de Putin, partidario de Rusia en la guerra de Siria y colaborador de Iker Jiménez en el programa de Cuatro Cuarto Milenio, con análisis y comentarios sobre objetos no identificados y fenómenos paranormales. La duda está en si entre esos objetos y fenómenos se incluyen la política y los partidos españoles.
