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Mapas, un balance

El proyecto MAPAS, sin duda, debe de ser el programa cultural más avanzado de las Canarias. Lo digo en términos de gestión cultural moderna, la que cree en indicadores y se orienta no sólo en función de los gastos sino también de los ingresos. Al funcionario de turno, le gusta llenarse la boca con valoraciones sobre la Cultura, quizás porque siempre deja bien parado a quien la promueve, pero a la hora de las discusiones de gabinete, siempre es la que pierde, porque en el fondo prevalece la noción tradicional de considerarla un área de gastos, que no de ingresos. A contracorriente de esto, si hay una significativa noción emergente de discusión en este campo sería la de Economía de la Cultura, la que a su vez nos ha llevado al fascinante mundo de las industrias culturales, tan vivas como cambiantes. Pues en este último campo, claramente se inscribe el proyecto MAPAS, que reunió en Tenerife durante cuatro días a unos 140 programadores de artes escénicas, los que a su vez evaluaron el trabajo de unas 160 agrupaciones provenientes de 30 países, con miras a concretar giras y ciclos de presentación en escenarios sobre todo europeos. El direccionamiento cultural que se ha propiciado va, sobre todo, de sur a norte, con agrupaciones que vienen en su mayoría de América del Sur y África, buscando audiencias nórdicas. Tanto programadores como agrupaciones parecen ganar en este intercambio: los primeros porque diversifican su oferta; los segundos porque acceden a nuevas audiencias.

En cuanto a indicadores propios, los organizadores aseguran que por cada euro invertido en el evento, se generaron casi 8 para el PIB de Canarias, lo que se traduce en un impacto superior a los cinco millones de euros. Se contabilizaron, además, más de dos mil reuniones de trabajo entre programadores y agrupaciones, que beneficiarán a muchos creadores de varios continentes, pues podrán mostrar sus trabajos a audiencias diversas. Por último, el intangible mayor del evento es que, al requerirse breves muestras del trabajo de las agrupaciones para que los programadores se decidan, las audiencias locales se benefician al máximo, presenciando espectáculos de elevada calidad sin poner un duro. Daba gusto ver cómo los públicos, en ese vértigo programático tan variado, saltaban de un escenario a otro, queriendo verlo todo, pero sabiendo que la espléndida oferta era inabarcable.

De los muchos descubrimientos, quisiera quedarme con la intervención del Jaume Vilaseca Trio, y su propuesta musical “Jazznesis”, que consiste en revisitar el repertorio de la agrupación británica Genesis, gran referencia del rock sinfónico entre los años 70 y 75. Con unos arreglos prodigiosos, un piano soberbiamente ejecutado, más bajista y baterista de altura, lograban una sonoridad tan melódica, tan cristalina, que el espectador desprevenido seguro salía convencido de que Genesis nunca fue más que una gran banda de jazz.

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