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Olé tus cojones

No conocí al torero Jaime Ostos en la noche de los tiempos, cuando llevaba a sus novias a la boite del hotel Luz Sevilla, en La Campana, que tenía cinco estrellas y mucho glamour. Yo iba allí, como niño bonito que era, con una media novieta que no me hacía mucho caso y que luego se me mató en un accidente de tráfico, recién terminada su carrera de medicina. Era cordobesa, con unos ojos verdes que iluminaban entera a una ciudad. El otro día encontré su esquela en el ABC. Jaime Ostos me caía simpático, era un buen torero y un ligón de encargo. No hace muchos años, en un programa de televisión, lo estaban poniendo a caldo de pota, no por el toreo, sino por un problema de supuesta violencia doméstica. Analizando los hechos, parece que el hombre tenía razón y se defendió muy bien de la acusación de los buitres de la cadena, por lo que mi sobrino Sergio Chaves y yo enviamos un mensaje, que apareció en pantalla, con este escueto texto: “Olé tus cojones, Jaime”. En estos días, leyendo a Raúl del Pozo, uno de los pocos columnistas buenos que nos quedan -exceptúo a Pérez-Reverte, Antonio Burgos y David Gistau y los magníficos análisis de Pedro Jota-, me encuentro con que Raúl cuenta que el rey Alfonso XIII le envió el mismo texto al general Silvestre, “olé tus cojones”, aunque el cronista no explica por qué, pero dicen que el telegrama se celebró mucho en los cuartos de banderas de la época. O sea, donde se sientan los mandos a conspirar. Hace Raúl una crónica de cojones, contando cómo un clérigo encargado de hurgar en las criadillas de los papas electos, a ver si eran varones, pronunciaba la siguiente frase, aunque en latín: “Tiene dos y cuelgan bien”. No fuera que le metieran a la curia gato por monja.

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