La otra madrugada vi, por enésima vez en televisión, la película Memorias de África. Además de los papelazos de Meryl Streep y Robert Redford, la peli era la favorita de Loli y eso para mí es sagrado. Ella amaba su música y le encantaba la historia de amor en torno a la cual giraba la cinta de Sydney Pollack. Los paisajes de Kenia son impresionantes y la historia, una versión libre de la que ofreció en su novela la escritora danesa Isak Dinesen, está muy lograda. África, antes del reparto de las tierras británicas tras la segunda guerra mundial, revolución indígena de independencia incluida. La música de John Barry es una de las mejores versiones cinematográficas de una melodía que yo conozco. El color me parece excepcional y el argumento, que en ocasiones puede parecer ñoño, esconde en gran parte la realidad africana de aquellos años. Todo ha cambiado. Nosotros vivimos tan cerca y al mismo tiempo tan lejos. Hay gente que ama a África tanto como Delia Herrera, que en el Cabildo tinerfeño se encarga de estrechar lazos con ese continente, yo creo que con mucho éxito. Las amistades que ha hecho, por ejemplo, en Senegal con políticos y líderes religiosos lo dicen todo. A mí me da miedo África, quizá porque estuve a punto de morir en Gambia, si la avioneta en la que recorrí el país se cae un día antes y no un día después de que lo abandonara, como así ocurrió. No soy un aventurero, aunque comparto la historia de la baronesa danesa y el cazador, con todo su entorno de paces y de guerras. Con todo su romanticismo y su mensaje. África es nuestra gran desconocida, me lo dijo Delia en una entrevista. Pero para mí es demasiado tarde. Me quedo aquí.
Tan cerca y tan lejos
La otra madrugada vi, por enésima vez en televisión, la película Memorias de África
