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Concentración de concejales con trajes de lana

Al mago siempre le han gustado los trajes de lana. Se los enfunda en bodas, bautizos, comuniones, notarías y juzgados y también -cómo no-, si ejerce como concejal, el día de la Patrona, el día de la Candelaria. Había ayer en Candelaria mucho mago, entre ellos algunos alcaldes y concejales enfundados en sus lanas piconas, con los cogotes sudados y los cuellos de las camisas medio negros de tanto tirar de ellos con las manos manchadas con la grasa de los churros. El sol cae, implacable, sobre la plaza de la basílica, si es que no llovió porque el tiempo está loco, y el tollo, firme como un guardia, aguanta el temporal de luz o de sombra con estoica filosofía. Esa barriga prominente, fuera ya del cinto, que no ha aguantado el embate, y de la pretina del pantalón, mojada por el sudor. Esa capacidad del concejal para aguantar carretas y carretones con tal de que cuatro o cinco lo vean en primera fila y la señora mayor le diga a su hermana: “Mira, ahí va Pancracio”, o como se llame el hombre. Al mago le gusta mucho ser concejal; ni siquiera ser consejero del Gobierno -que también los hay-, sino edil de un Ayuntamiento menor, donde puede decir burradas en los plenos sin que lo manden a callar y donde destaque entre sus paisanos por su torpeza. Ayer estaban en su salsa, con sus trajes de lana y sus canesús. No tiene remedio este país; ustedes ya lo saben, ¿para qué repetirlo? El mago es un pedazo de animal que a mí ya ni siquiera me hace gracia. Y si es concejal, no les cuento yo el asunto. Traje de lana y puro, mago seguro. Y, si no lo creen, repasen los videos de ayer, en Candelaria. Pobre Virgen.

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