chasogo

El ataque de los aviones

Cuando se es joven y si, especialmente, se sale con amigos de la misma o parecida edad, existen ocasiones en que se les ocurren actos que, de otro modo, no se llevarían a cabo. Esta vez éramos cuatro, todos varones, los que trepábamos por las faldas de una colina, en realidad un viejo volcán con eones de silencio, en busca del pequeño cráter que suponíamos existía en la cima. Digo “viejo volcán”, ya que sus laderas, muy inclinados, estaban prácticamente cubiertas de vegetación: tabaibas, azules cardos, múltiples matas de jaras y jaguarzos e incluso corazoncillos que intentaban tejer tapices de color amarillo adheridos al inclinado terreno.

Existía un camino que, cual serpiente, se arrastraba cuesta arriba dando lugar a una serie de curvas que simulaban el rastro del reptil. Pero claro, la juventud, la tontería y la demostración de que éramos Hombres, con mayúscula, hizo que abandonáramos la sinuosa vereda y emprendiéramos la subida en línea recta, rumbo a la cúspide del volcán, no muy alejada, afortunadamente.

De pronto notamos, más que vimos, varios objetos voladores, de color oscuro que, desplazándose a lo que a nosotros pareció la velocidad de la luz, se lanzaban contra nosotros.

Frenamos nuestra marcha cuesta arriba. Descansamos y observamos. Y lo que veíamos eran solo jaras y tabaibas. Hasta que, de repente, bajó de la cumbre una especie de escuadrilla negra (si, ya sé que recuerda el título de una americanada) de aves en rápido descenso que se aproximó rauda y peligrosamente a nuestras cabezas, como si quisiesen perforarlas con sus picos.

Pasaron rozando nuestra epidermis. Hubo quien aseguró, exagerado él, que el aire desplazado por el pájaro en vuelo rasante le había alborotado el pelo.

Se repitió el ataque varias veces mientras terminábamos de ascender a lo más alto, lo cual nos infundió bastante respeto y también, hay que admitirlo, un poco de miedo. Desde arriba contemplamos el pequeño agujero convertido en una mínima selva desordenada pero tranquila.

Las aves desaparecieron y emprendimos el descenso un tanto recelosos, mirando a nuestra espalda cada pocos segundos. Pero los aviones no repitieron sus acometidas. Tal vez habían logrado ya su objetivo. ¿Cuál? ¿Qué no nos acercáramos a sus nidos con polluelos? ¿Qué nos calmásemos y no armáramos tanto jaleo como estábamos organizando? ¿Tal vez acaban de visionar la película “Los Pájaros”? ¿O se divertían provocando susto tras susto a aquellos bípedos implumes?
Lógicamente nunca lo sabremos, pero lo que sí puedo asegurar es que jamás he vuelto a presenciar un ataque de aviones, golondrinas o vencejos, como aquel día en el Parque Nacional de Garajonay.

TE PUEDE INTERESAR