después del paréntesis

El deseo

Es saludable recordar en verano el 22 de diciembre. Porque ciertas repeticiones siempre ayudan. Recuerdas que a las nueve de la mañana, rico; en la cabeza los números que se aprenden de memoria para oírlos por la radio. A las dos de la tarde el mundo vuelve a su sitio y recuperas lo que eres, el doble sueldo de junio para las vacaciones, etc. Te ríes de las anécdotas predecibles, como la de la señora del 2º premio que en su vida previó acordarse tanto de la estación de servicios donde compró el número. Y es que, hasta los resultados, lo importante no es solo la salud, sino también otra cosa. En fin, de nuevo a la labor hasta que el tiempo escampe. Es fecha para un sorbo, aunque el reintegro no dé para tanto, si no lo gastaste en el Niño. Vale retener esa predisposición, ya digo, siquiera sea para explicarnos a nosotros mismos. Antes de lo inevitable, lo absoluto; luego de lo inevitable volvemos a los porcentajes. El mundo está hecho para eso, para que los seres humanos de tanto en tanto (y una vez al año no hace daño) seamos sujetos del capricho y que el condenado capricho lo explique todo.
Lo comentamos una amiga y yo en una comida reciente a propósito de El señor de las moscas, de William Golding. Concluimos que los humanos estamos capacitados, en cualquier lugar del planeta en el que nos encontremos, para trazar la línea divisoria entre los amos y los esclavos. De ahí el conflicto. Me dijo que la isla de Golding puede ser el paraíso. Se lo negué. Esa isla no se parece a las del Archipiélago Chinijo, es un recinto de pruebas. El paraíso es una ensoñación, una zona de idealidad, un espacio de perfección que los seres precisamos, y por eso hasta allí nos dirigimos. De modo que o asumimos los porcentajes del 22 del diciembre y destacamos las desconexiones anuales por vacaciones o lo vamos a pasar mal. Así nos movemos, a pesar de lo que se avecina, si se avecina. Hay palabras que no solo existen para brindar por la Navidad y el Año Nuevo, también por lo que proyectamos o conseguimos. Por eso nos gustan esos momentos diamantinos, porque recuperamos la diablura de los niños, la capacidad de operar fuera de la lógica y la de hacer perceptible el deseo, sólo el deseo, sin que nos avergüence gastar unos cuantos euros en papeletas que confirman una efímera posibilidad o perder el tiempo por perderlo, reconocer el tributo a la irracionalidad. En un caso o en el otro, con cava o una cervecita se vive mejor. Lo apruebo.

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