tribuna

El discreto encanto de la escritura

La escritura consiste en atrapar un ramalazo sutil de la realidad para devolverlo como la imagen aislada de algo genérico

La escritura consiste en atrapar un ramalazo sutil de la realidad para devolverlo como la imagen aislada de algo genérico. No siempre se acierta, porque no todos vemos el mismo aspecto de las cosas. El secreto está en que la apariencia consiga mostrar una idea condensada de una materialidad que se desborda. Ese es su gran reto y su dificultad.

Cuando lo que se expone es susceptible de controversia los hechos no son capaces, por sí solos, de satisfacer aquello que los diferentes lectores están dispuestos a admitir en la descripción. Entonces los excesos o las omisiones son considerados como las matizaciones oportunas para contentar a unos o a otros. Si se cumplen estrictamente estas reglas jamás saldrá un texto aceptable. A esto es a lo que hemos acabado llamando opinión, un término que consiste en arrumbarse lo más posible a la parcialidad sin dar opción a la visión neutra de los acontecimientos.

No siempre se acierta exponiendo una fulguración espontánea, ese ramalazo que desvela a lo real como si una nube descubriera al cielo azul por un instante. Y no se acierta porque su presencia es tan deslumbrante que provoca la explosión en cadena de situaciones subsidiarias que rebasan a la intención de mostrar una instantánea imposible de algo tan inalcanzable como detener y congelar al tiempo. Sin embargo, la escritura pretende esto por encima de cualquier otro objetivo, y cada vez que lo hace sufre la presión vulgar de quienes se empeñan en retornarla al cajón de la materialidad, que no es otra cosa que pretender ver reflejados sus deseos y sus pasiones en los escritos para sentirse identificados con ellos. Con esto no quiero decir otra cosa que lo que se suponía como el mar en calma de la neutralidad se ve sometido a los vaivenes violentos de un océano proceloso donde no puedes dejar de estar sometido al riesgo de la interpretación sectaria, aunque tu pretensión sea la contraria.

He notado en los últimos tiempos que la serenidad no es una actitud recomendable, que es preferible colocarse en las antípodas de las opiniones de los otros antes de que te acusen de tibieza. Existe un posicionamiento de trinchera en el que no hay una tierra de nadie donde refugiarse. Es más, creo que en esa tierra de nadie es donde hay más soledad, donde te conviertes en el blanco perfecto y te expones a que te peguen un tiro. Ese territorio sin dueño ha sido quemado y posteriormente minado logrando que no podamos transitar seguros por él. Hay que andar con mucho cuidado escondiendo las palabras para que no se aproveche una apreciación tangencial con la intención de desautorizarte. Estamos inmersos en una guerra de dos bandos dispuestos, como siempre, a destrozarse y donde no caben los intentos de acercamiento si no vienen cargados de compromiso partidario. Como es tradicional, dividimos el territorio de la confrontación convirtiéndolo en el escenario de la lucha entre buenos y malos, condenando a los regulares a refugiarse en Melilla. Parece como si se le hubiera puesto una mordaza a la mansedumbre, porque esa actitud no produce rédito. Toda la renta hay que sacarla del debate visceral, servido en el ambiente caliente de la televisión y de las redes.

Sufrimos la tentación fatal de invadir la escena y cambiar nuestra condición de espectadores por la de actores que quieren intervenir directamente en la comedia que se representa, Pese a ello, soy consciente de que sigue existiendo un mundo anónimo formado por personas de buena voluntad dedicadas al esfuerzo del trabajo, al bienestar de la familia, a mantener las cosas tal y como fueron recibidas, a aceptar el orden como algo inevitable en sus vidas. Gracias a este convencimiento sigo escribiendo, aunque cada vez lo hago con mayor cautela.

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