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Franco

Nunca hubo un cadáver más exquisito, como dijo Umbral de Cela. Franco, al que todos habían olvidado, ha sido resucitado por Sánchez, en su papel de ángel exhumador de cadáveres. Sánchez tiene a su alrededor una panda de revanchistas, a los que les da igual resucitar lo que estaba muerto: un dictador y una guerra civil. A falta de cosas que hacer, y siempre para contentar a sus descamisados aliados, Sánchez quiere llevarse a Franco de Cuelgamuros y enterrarlo no sé dónde. La verdad es que tampoco me importa mucho. Pero sí me importan las reabiertas heridas de la guerra civil, donde si bárbaros fueron unos, más bárbaros, o igual de bárbaros, fueron los del otro bando. Las guerras civiles son siempre así y España está llena de ellas. Tipos como Sánchez no ayudan a que los recuerdos malos sean enterrados, más bien a todo lo contrario. No lo hace por él, que ni siquiera conoció a Franco. Lo hace, obligado por sus socios, para mantenerse en el poder. A Sánchez le gusta el olor de La Moncloa, que está cerca de El Pardo, el palacio donde la lucecita nunca se apagaba. Ahora quiere levantar la pesada losa, sacar el féretro del general y entregarlo a sus familiares, o meterlo en un cementerio común o a lo mejor en el patio de su casa, que es particular. Sánchez es un auténtico insensato, porque ha resucitado a las huestes de la nostalgia, en vez de contribuir al olvido. Lo pagará políticamente, tarde o temprano, en cuanto los españoles descubran por qué hace lo que hace. Gobernar por decreto y a conveniencia tiene unos límites en un país democrático y Sánchez está traspasando esos límites, creyéndose inmune/impune. No lo es. Ya verán que su insensatez, que se discute hasta en su partido, le traerá consecuencias funestas en cuanto a su estancia en palacio. Aunque las cosas de palacio vayan despacio.

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