Me dijo que se había ganado el derecho a incorporar el mundo a su piel. Y así aparecía, tatuado desde la cumbre de su cabeza rapada hasta la zona más insignificante de sus pies. Me opuse a su argumento. Esa práctica de los hombres y de las mujeres me parece aberrante. Por muchas razones, entre otras porque acaso sería aceptable que esa pintura del cuerpo tuviera sentido en las antiguas prácticas rituales de los chamanes, pero hoy la inmensa mayoría de los motivos son pueriles y hasta horteras. Además, erraba, fatuamente se equivocaba. El mundo nunca se encuentra en la representación (ni en Velázquez, ni en Goya, ni en Picasso, ni en Domínguez); la representación se afana en comprender o retener el mundo que no es. De manera que lo que tú obsesivamente te has hecho, comenté, añadir pigmento y más pigmento a la dermis, no es lo que existe, es lo que precisas hacer ver. Tal cosa se apreciaba. En la parte oculta a su vista, la trasera de la cabeza, la espalda, los glúteos…, sutiles y diminutas aristas, geometrías simétricas, una frase predecible en caracteres góticos (“si lo deseas, puedes”), escenas medievales de guerra con picas, lanzas, espadas, escudos, castillos, caballos…, sugerencias futuristas y de ciencia ficción; al frente lo que repasa con sus ojos, lo que lo confirma: algún paisaje cercano, rostros de ídolos conocidos, el nombre de la chica que fue, una máxima consabida de amor… Insistí en que ese efecto en el desnudo es perverso, que no ampara intercambio alguno, más bien al contrario, señala el barullo (dado lo múltiple, diverso y desigual) y la incapacidad; muestra a sujetos que valoran más el manifestarse que el compartirse, un ridículo y hasta penoso espectáculo. La historia de la correspondencia, le dije, asume dos categorías, solo dos categorías: sorprender o convencer. Tú sorprendes, no convences. Para ese efecto primoroso, la piel ha de permanecer limpia, inmaculada. La piel, el tacto, es quien confirma la verdad, el signo certero de la interconexión, pues desmiente la falacia de los hablantes, que nos comunicamos con las palabras que mienten y ocultan. La expresión corporal es cimera, más del 60% de los signos que producimos. Y ahí el todo es radical, cuerpos que se unen hasta el éxtasis, como confirman los amantes o dieron a entender Santa Teresa o San Juan de la Cruz.
Me comentó que los dibujos hablan cuando se encuentran, una triste y falaz argucia de la repetición.
No nos pusimos de acuerdo.
