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Las discusiones prostáticas del Ateneo

Llegó un momento en que los tertulianos del Ateneo lagunero envejecieron tanto que allí no se hablaba sino de la próstata. “¿Y usted cuántas veces se levanta, de madrugada, a mear?”, preguntaba uno. Y se catalogaba la dolencia del que respondía, de grave a leve, dependiendo de su número de micciones. Otro baremo era el sexo: “¿Cuántos polvos le echa usted a su señora al mes?”. Y si el que contestaba medía la respuesta por años, entonces se encargaba una corona en Floresta, pagada a escote. La discusión la cerraba siempre don Ludgardo Cañadas, paz descanse, que todas las noches, a las nueve en punto, se levantaba, daba un bastonazo en el suelo y decía, nadie sabe bien el motivo: “¡Me voy pal carajo!”. Y se marchaba a su casa. A todos los mayores nos interesa mucho la próstata, que es como un termómetro de vida, aunque al final todos morimos por el mismo sitio, como dice un médico amigo mío. A mí ya lo único que se me agranda es la próstata, por eso le tengo mucho cariño, sin necesidad de acudir al Ateneo a medírmela. Toda edad tiene su tema de conversación. Ahora se habla mucho, por ejemplo, en La Palma, del centenario del Teatro Circo de Marte, que es el teatro chico más caro del mundo: siempre está en restauración, pero un día se cae y causa una desgracia. La Palma es una isla singular. Cierta vez, un caco robó docenas de objetos en varias casas, incluso joyas valiosas. Trincó la policía al ladrón y a su botín y los perjudicados acudieron a comisaría, a identificar lo suyo y a llevárselo. Sólo quedó allí, depositado para los restos, un objeto, que nadie recogió: una muñeca hinchable. Buena está la isla para coñas, tal y como son los palmeros, que probablemente se miden la próstata en La Cosmológica, bajo secreto masón.

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