No sé por qué esos de Podemos tienen que aparentar que son unos jediondos, incluso en las solemnidades. A mí me sale de noche, con esa pinta, el presidente del Parlamento balear, Baltasar Picornell “i” Lladó, y lo menos que hago es echarme a correr. Acudió, con esos pelos y en alpargatas del ocho, a ver al rey a Marivent. Si yo fuera Felipe VI no lo dejo entrar y lo mando a bañarse y a vestirse, porque las formas, sean republicanas o monárquicas, hay que cuidarlas. Con razón la mujer del rey, Letizia, no quiere ir a Mallorca, no sólo por no ver a su suegra, a la que no soporta, sino para no oler a esos baltasares, a los que el pueblo ha votado porque estaba harto de los de la corbata que se mamaban las perras. Los mallorquines soy muy raros, híbridos entre catalanes y valencianos, o sea. No me extraña que los taxistas colapsen España, ni que a Sánchez le guste más un avión oficial que a un tonto un bolígrafo. Este país no tiene remedio, pero la situación no es exclusiva de España. Hace unos días pregunté a una taxista de Roma y a otro taxista de Nápoles cómo se llamaba el presidente de la República Italiana y no lo sabían. Se ve que Sergio Mattarella no es demasiado popular entre sus conciudadanos. Sí me hablaban ambos, con entusiasmo, del caradura incombustible de Berlusconi, al que adoran. Parece mentira que el populacho tenga gustos tan descompensados. Por cierto, también estuve en Barcelona. No funcionaba nada, parece una ciudad fantasma. Y, encima, viajé en Vueling. Una nota marginal: en un momento dado, los cuatro auxiliares -tres mujeres y un hombre- estuvieron, todos reunidos, en la cabina de mando del avión. Unos diez minutos. En la de pasajeros, nadie. Pasa algo y se arma. ¡País!
