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Socialistas escondidos

El PSOE se escondió durante el franquismo. Le dejó el trabajo sucio a los comunistas, que sí dieron la cara y fueron perseguidos. Los sociatas se pasaron décadas ocultos tras sus seudónimos o en el extranjero. Ahora, con lo de Franco, están empeñados en reivindicarse por dos razones; una, para desviar la atención de lo que ocurre en un país gobernado por decreto, como hacen -y hacían- Franco, Maduro y Fidel. Y dos, para reivindicarse de su cobardía. Es curioso, pero la gente mayor, la que sufrió de verdad la cruenta guerra civil, detesta hablar de Franco. “Que lo dejen donde está, con la lápida encima”, dicen en las encuestas callejeras que organizan, sin tino, las televisiones. Son los manganzones que no vivieron ni sufrieron la dictadura los más empeñados en sacar de la fosa el exquisito cadáver del dictador. Todo supone una pose absurda, porque lo mejor para dejar atrás el pasado malo es olvidarlo, no estar recordándolo a cada momento. Fabricar un real decreto para sacar un cadáver de su tumba puede ser también prevaricar, porque la Constitución limita los decretos a asuntos urgentes. Y no parece urgente exhumar al viejo dictador, fallecido tras una agonía atroz. Gente que trabajó en el Valle de los Caídos dice, incluso, que los monumentos hay que respetarlos. La Ley de Memoria Histórica fue otro disparate del membrillo de Zapatero, que no dio una durante su mandato. Este otro es parecido. Está empeñado en que sea Franco quien le ayude a sostenerse en el poder y eso es mucho pedir. Su coro bufo -y casi todo catalán- le aplaude a rabiar, más por joder que por deshonrar la memoria de quien está enterrado y bien enterrado en Cuelgamuros. El PSOE ahora está cómodo: no tiene que vivir escondido o exiliado, gracias a la bendita Transición que todos se quieren cargar.

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