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El indio que se volvió gris y murió de pie

Regentaba un comercio en los alrededores de la Plaza del Charco del Puerto de la Cruz y sólo bebía Johnny Walker etiqueta roja. No recuerdo su nombre, pero sí que con los años -y el escocés- se fue volviendo de color gris oscuro. Cierta vez se sometió a una analítica y los resultados fueron todos idénticos a la fórmula tradicional del whisky. Ni un valor conocido, ni por tanto susceptible de diagnóstico, en la sangre ni en la anatomía patológica del hindú. El indio murió cuando caminaba por la plaza citada; pero lejos de caer a plomo al suelo se quedó de pie, rígido e inmóvil, como si fuera una estatua viviente. Hasta el punto de que unos extranjeros que contemplaron aquella hiper realidad le dejaron unas monedas en el suelo, creyendo que él era una de esas figuras humanas estáticas que imitan a un soldado de levita o a la madre Teresa de Calcuta, en los paseos más concurridos de la ciudad. Cuando llegaron los camilleros, avisados por el librero don Fernandito Luis, uno de ellos puso una oreja en la boca del indio, por si respiraba, pero sólo percibió un lejano tufo a Johnny Walker que llegaba de la boca del estómago de aquel cadáver vertical. Le dieron la vuelta, lo acostaron en la camilla, yerto como estaba, y se lo llevaron al forense, al hospital de la Inmaculada. Cuando el galeno metió el bisturí, para mirarle el corazón, lo que salió de su cuerpo no fue sangre, que sangre no había, sino una fuente inagotable de etiqueta roja que a punto estuvo de inundar la estancia. Estaban sus entrañas tan impregnadas de whisky que parecía que le habían inyectado formol. El médico escribió: “hígado graso” y firmó el parte. Lo metieron en un ataúd gris, a juego con su cuerpo, y lo mandaron a incinerar.

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