el charco hondo

Las aceitunas de la abuela

Era cuestión de tiempo. Estaba al caer. Tenía que pasar. Más pronto que tarde, ya lanzados, viniéndose arriba como nunca antes, algunos abrirían la lata de las aceitunas y, en un ataque de creatividad, las disfrazaría. Restaurante de playa

Era cuestión de tiempo. Estaba al caer. Tenía que pasar. Más pronto que tarde, ya lanzados, viniéndose arriba como nunca antes, algunos abrirían la lata de las aceitunas y, en un ataque de creatividad, las disfrazaría. Restaurante de playa. Del montón. De esos en los que se puede almorzar en cholas y el bañador mojado. En el menú, sin cortarse, aceitunas de la abuela. De la abuela, sí. Pudieron vestirlas aludiendo al suegro o al cuñado, pero tienen mala prensa, y quién no tiene buenos recuerdos de la comida de una abuela. La cosa es el arte de asociar los productos a referencias que generen buena sensación, o al menos que les dé cierto toque de nouvelle cuisine. Es lo que hay. Llamar a las cosas por su nombre ha dejado de vender, queda pobre, viste mal. Raro es el sitio donde no hayan caído en la tentación de poner apellidos largos a lo de siempre. Cool o muerte. Si no pones nombre artístico a lo de toda la vida no hay forma de subir los precios. ¿Aceitunas? No, aceitunas de la abuela. ¿Croquetas? No, por favor, qué vulgaridad, las croquetas de antes ahora solo responden si las llamas por su nombre, y no es otro que suspiros de bolitas empanadas al estilo tradicional con un relleno de chipirones, ibérico, bacalao o atún tratados con aceite reposado y lluvia de rebozuelos. ¿Verduras? Así, a secas, no tienen sitio en la carta. Las verduras han pasado a peor vida, lo suyo es presentarlas con todos los galones, teléfono, dirección y carnet de identidad: festival de verduras en tonos pastel de la huerta del tío Fermín. Nadie sabe quién es el tío Fermín, incluso es posible que no exista o que si vive no tenga finca, pero quién con hambre y ganas de empezar va a perder tiempo haciendo preguntas. La salsa dejó de serlo, ahora es salsa Robert. La ventresca se defiende sola, pero cuánto gana cuando se escucha ventresca aromatizada con guarnición de los mares del norte. Es el siglo de las costras y los caramelizados, y las papas ahora son parisién o no son. Carrillera de ternera al vino (de la casa, a veces). Voladores de alcachofa. Tambores de callos. Pandorga de bravas. Guisantes lágrima sin cocodrilo. Y, que no falten nunca, las aceitunas de la abuela; y es que ya se sabe, recién salidas de la lata no llegaron a conocer siquiera a la abuela, pero así se le coge cariño a la aceituna.

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