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Literatura cenicienta

De todo lo que se hace hoy en el campo de la gestión cultural, que ya es mucho, quizás la literatura lleve las de perder. Si del Logos como tendencia dominante hemos ido pasando a la Imago, se entiende que la literatura pierda campo y cuente cada vez con menos adeptos. En este ámbito, la señal más preocupante es la del libro, que experimenta un gradual ocaso frente a la voracidad digital. A las grandes audiencias no las mueve tanto la literatura como las artes escénicas, la música o las artes visuales. Se diría que la literatura necesita una mediación –el lenguaje con sus códigos cifrados en letras– para imaginar mundos, mientras que la plástica sencillamente los muestra. De la música se ha dicho que es el arte perfecto, por ser espiritualidad pura, que va directo a los sentidos. Esa probable mediación de la literatura –operación para convertir la letra en imagen o sonido– quizás sea mucho pedir para las audiencias de hoy, que cada día parecen más perezosas. Más que ejercicios de traducción o transmutación, que son los de un lector común, el reino de hoy es el de los espectadores, que prefieren todo digerido. Pero sabiendo de estos graduales desequilibrios, el gestor moderno debería reaccionar con firmeza y convicción, pues es mucho lo que se pierde (lo que se deja de vivir) sin literatura, sin libros. Se pierde, por ejemplo, la capacidad de hablar, porque cada vez lo hacemos con menos vocablos; se pierde la habilidad para pensar, porque no podemos hacerlo en abstracto sino con signos que terminan siendo palabras; se pierde la habilidad para describir, porque no sabemos diferenciar un crucero de una balsa; se pierde la capacidad de enamorar, porque no creo que lo podamos hacer con puros gestos. La literatura, como se verá, engloba muchas cosas, y perderla es como borrar la condición humana. El hombre se hace inteligible gracias a la palabra, y en esa dimensión la literatura vendría a ser el afán de comunicación más elevado, más sublime. No hay operación más profunda que la poesía, capaz de convertir unos labios en espadas, como lo quería Vicente Aleixandre.

Volviendo al campo de la gestión pública, una política cultural que prescinda de la literatura se me hace muy sospechosa. Implica caer en el vértigo del espectáculo puro, que sacia los sentidos, pero no nutre el alma. Hace falta formar escritores, tener editoriales para las voces emergentes, llamar a concursos, hacer recitales públicos, organizar encuentros, becar a los mejores escritores, tener programas de traducción, fomentar las ferias del libro. No podemos dejar esto en manos del Santo Mercado, que eliminaría de un plumazo los títulos de filosofía o poesía, sino exigir que el Señor Estado se ocupe como primer bien público que es. Una sociedad letrada es la que piensa en sí misma, y también la que es capaz de alertar sobre su propio empobrecimiento cuando los libros falten. Sin ellos estamos condenados en vida, sin ellos seremos mutantes.

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