
Por Aarón Darias, compañero de equipo
Pues simplemente comenzábamos una semana de entrenamientos más. En el horizonte estaba el partido de la jornada 4 de liga frente al Tacoronte y, lamentablemente, en el primer entrenamiento sufro un pinchazo en el isquio y caigo lesionado. Casualmente otro compañero se lesiona ese día el talón y los días siguientes se convierten en horas de camilla con Don Pedro, nuestro masajista, en horas de charla mientras intentamos llegar de cualquier manera al importante partido del domingo, en confesiones y consejos durante las sesiones de hielo. Por fortuna fue una semana que me permitió conocer aún mejor de lo que creo que ya conocía a este muchacho, puesto que fue mi compañero de banda en el campo durante gran parte de pretemporada y liga. Ya por eso teníamos una buena relación. Un muchacho de 22 añitos,bueno y noble, que había podido saborear las mieles de estar en filiales tan buenos como el Atlético de Madrid o Las Palmas y que ahora por circunstancias de la vida, volvía a Tenerife en busca de un buen año que le permitiera volver a salir en busca de su sueño de ser futbolista profesional. “Tengo que hacer buena primera vuelta hermano, para en diciembre poder salir a un buen equipo”, me decía. Condiciones tenía. Tenía una zurda que ya hubiera querido yo para mi y una elegancia en el campo que convertía hasta el gesto más rudo, en bonito de ver en sus botas. Simplemente le decía que trabajara duro, sin halagos ni piropos, para que no se relajara y que si así lo hacía, ya en diciembre aprovecharía su añito de sub23 que le quedaba para encontrar una buena salida. En esas charlas me hablaba de su hija, del esfuerzo que hacía trabajando para sacar un extra para poder enviárselo a ella, ya que vivía en la distancia. Se reía con mis ocurrencias y papafritadas con un “chacho, te pasas tío”, de su afición por cortar el pelo y su pensamiento de montar algo para sacar otras perritas de mas. Estaba preocupado por el inicio ligero del equipo y por la situación en la que nos meteríamos de no ganar el fin de semana. Ninguno de los dos pudo llegar al partido , ni yo con mi isquio, ni él con su talón. Tuvimos que sufrir viendo la derrota de nuestros compañeros desde la grada. “No pasa nada Pedrito, contra el Marino te vas a salir”, le dije antes de entrar al vestuario cabizbajo por la derrota del equipo. Animamos a los compañeros como pudimos, me la chocó con su clásico “nos vemos mañana hermano” y me fui a casa pensativo y preocupado por las tres derrotas seguidas, dándole vueltas a la cabeza, como si estas representaran el mayor problema del mundo. A la mañana siguiente despertamos con la trágica noticia del fallecimiento de Pedrito en accidente de trafico, 22 añitos, padre, una familia que lo adoraba, sueños de ser futbolista, mil condiciones para lograrlo, desvanecidos en segundos.Qué injusta es, a veces, la vida. Fue un golpetazo en la frente. La cruda realidad que te hace ver lo efímera que es esta vida que se nos ha concedido y lo fácil que se pueden acabar todos los planes que diseñas en tu mente como vida.
Es el quinto compañero de vestuario que me toca despedir antes de tiempo por unas razones u otras. Cada vez se hace más duro y triste, pero lo que si me han dejado todos ellos es la enseñanza grabada a fuego, de que estamos aquí un ratito y que lo que llamamos diariamente problemas, no son más que estupideces y trabas a los que solo nosotros damos importancia. Vivan, amen, viajen, disfruten de todo lo que les guste, hagan lo que deseen hacer, ya que algún día no habrá mas oportunidad.
“Hermano” nos volveremos a ver allá donde estés, por que aquí no nos libramos ninguno. Intentaré honrarte simplemente disfrutando hasta de los mas simples detalles, sin quejas estúpidas y dando gracias de cada minutito que pasamos por aquí.
