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Adela Cortina

Sobre conceptos de tanta vigencia como Sociedad Civil, Ciudadanía, Tercer Sector o Fundaciones poco se ha teorizado en un sentido que no sea pragmático o estadístico. Una feliz excepción es la de Adela Cortina, catedrática española de la Universidad de Valencia, quien no sólo ha arrojado luces sobre el tema con una admirable bibliografía (Ética mínima, Ciudadanos del mundo, Alianza y contrato, Por una ética del consumo), sino que además ha abordado estos conceptos fundamentales de la democracia moderna desde una perspectiva que no cabe llamar sino filosófica. Invitada frecuente de los foros iberoamericanos que abordan estos temas, este año fue una de las personalidades distinguidas con los premios Taburiente que otorga la Fundación DIARIO DE AVISOS.

Para Cortina, no hay concepto actual de mayor trascendencia que el de Ética: palabra que viene de Ethos y que, a su vez, remite a carácter. ¿Cómo asegurar que los individuos de una sociedad dada desarrollen carácter? Pues a través de la justicia y de un mínimo de felicidad. Carácter es en verdad soberanía individual, libre albedrío, criterio para discernir las cosas. Si la ética cívica se construye hoy en día en base al pluralismo moral y a un mínimo consenso de justicia, se entenderá bien por qué el gran desafío de estos tiempos reside en cómo convivir en una comunidad política sin que la vigilia ética decaiga. Las ideas particulares de los individuos siempre serán superiores a las imposiciones y a las voces neutras del colectivo. Ante los extravíos políticos de las sociedades modernas, ante los parasitismos que quieren carcomer el cuerpo de las convenciones democráticas, ante la llamada “fatiga democrática” en la que parecen estar inmersos nuestros países, hay que recordar con Cortina, por elemental convicción filosófica, que la libertad siempre será superior a la esclavitud, que la igualdad siempre será superior a la desigualdad y que el diálogo siempre será superior a la intolerancia. ¿Quién protege hoy a la ciudadanía social cosmopolita? Pues se supone que esa instancia universal llamada Estado. Si los Estados no están para proteger los derechos sociales o las iniciativas particulares, ¿entonces quién? Las sociedades preceden y condicionan a los Estados –y no al revés, como ciertas perversiones actuales lo quieren hacer creer-. Al menos desde los años 70, el concepto Sociedad Civil es equivalente al de Ciudadanía. Se entiende, por lo tanto, que al no poder ejercer su mandato sobre el Estado, la Sociedad Civil o los ciudadanos hayan tendido a asociarse con el Segundo o Tercer Sector en un solo coro de reivindicaciones.

Para la filósofa española, la definición esencial de un concepto de tanta vigencia como tercer sector (fondos o acciones privadas para fines públicos) es la Solidaridad. Sin embargo, el destino del Tercer Sector no puede limitarse a recoger a los desplazados de los dos primeros sectores. Se supone que, a mayor desarrollo, más fundaciones. Y el principal deber ser de las fundaciones es la generación de confianza, es la reciprocidad entre pares sociales. La mayor ventaja funcional de las fundaciones es su flexibilidad. Si el Estado es por naturaleza coactivo, las fundaciones son solidarias. Hay actuaciones de las fundaciones que no puede hacer el Estado porque las fundaciones pueden y deben arriesgar. ¿Habrá algún papel más importante para las fundaciones que el de matizar los efectos del riesgo global en las sociedades contemporáneas? Adela Cortina lo duda con argumentos contundentes.

Cuatro nuevos conceptos acuña la catedrática española cuando relaciona Economía con Cultura. Capital natural como reflejo de la protección del medio ambiente; Capital construido para dar cuenta de la tarea conjunta que se puede emprender con el Sector Público; Capital Humano como fruto de sanas políticas en los campos de la nutrición, la educación y la salud; y el más conocido Capital Social para reflejar las tramas asociativas entre los diferentes sectores sociales. La economía del futuro será inviable si no crea Capital Social y, en esa revalorización ética, las fundaciones pueden jugar un rol esencial en la creación de valores cívicos. El individualismo posesivo tiene sus horas contadas porque no le debe nada a la sociedad. Lo que se impone hoy es la ética del reconocimiento recíproco. No podemos seguir viviendo en un mundo de diferencias.

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