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Dorothea Tanning

Nunca imaginé que la gran artista norteamericana Dorothea Tanning hubiese fallecido de 102 años

Nunca imaginé que la gran artista norteamericana Dorothea Tanning hubiese fallecido de 102 años. Nacida en Illinois, en 1910, fallece en Nueva York en 2012. ¿Alguien recordará una nota de obituario? Pues seguramente murió como siempre vivió: en el anonimato. Fuera de los focos, siempre en segundo plano, nunca protagonizando nada. Con razón su obra de la etapa llamémosla textil, proyectaba cuerpos que salían de las paredes, de los rincones, de los recodos: quizás ella misma queriendo aparecer en un espacio imaginario. Pasan los años y la relación con su biografía cobra cuerpo. ¿Estaremos hablando finalmente de un gran ejercicio de autoficción: ella desdoblándose en infinitas proyecciones? El primer cuadro de ella que me deslumbró fue en 1980, en el marco de una exposición surrealista organizada por el Centro Pompidou. Originalmente se había mostrado en 1942, en el marco de una exposición neoyorquina dedicada a las artistas femeninas del Surrealismo. La pieza, que se presenta como un autorretrato, muestra el rostro lozano de Dorothea, aunque un poco expectante; los senos al aire, en perfecta proporción; la falda de fieltro verde, quizás pesada porque la sostiene con la mano derecha; los pies desnudos sobre listones de madera; y como elemento de extrañeza, un nudo de raíces que bajan de la cintura a los pies, buscando atarla al suelo. El tono enigmático podría venir con la mano izquierda de la mujer, que está sobre el pomo de una puerta que se abre para mostrar más puertas entreabiertas hasta el infinito, como si un espejo las replicara. Y un acertijo final: ¿qué animal tendrá la dama a sus pies, con alas de murciélago y cabecita de toro? Se diría que podría ser un engendro fugado de un bestiario, y ya eso sería explicación suficiente.

El primero y quizás único marido de Dorothea fue Max Ernst, pero el matrimonio se extinguió a los pocos años, como la imagen de ella misma tras la vasta obra del marido. Acaso Man Ray, por la cercanía, pudo tomarle algunos retratos que aún se conservan: como uno en el que mira de perfil, con camisa negra ceñida y sin mangas, y brazo derecho doblado tras la cabeza, que en la muñeca lleva una gruesa pulsera. Dorothea está y no está, mira hacia afuera pero mira hacia adentro: luz y sombra la retienen a partes iguales. Esa duplicidad la mantiene de por vida, y si primero fue con la pintura (su etapa surrealista más plena), luego se explaya hacia otros medios, como esas criaturas de tela que invaden el espacio desde los rincones, o ya claramente desde la antimateria.

Que el Museo Reina Sofía la rescate a poco de su centenario era materia pendiente. Una artista de la sombra sale de la sombra, y nos muestra el enorme talento (¿la vasta inconformidad?) que siempre tuvo. No parece que la falta de reconocimiento la haya amilanado, como tampoco la ausencia de crítica. Y no es que no haya estado en sintonía con su tiempo (lo estuvo y con creces, porque lo adivinó al través), sino que su tiempo no supo adivinarla, valorarla, quererla.

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