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el charco hondo

El control del descontrol

Está escrito, y tanto, que cuando ante un error o fallo objetivo alguien opta por negarlo en términos absolutos, entonces es que alguien forma parte del problema y no de la solución

Está escrito, y tanto, que cuando ante un error o fallo objetivo alguien opta por negarlo en términos absolutos, entonces es que alguien forma parte del problema y no de la solución. Si se elige el camino de desmentir a la evidencia, el principal problema del problema es su negación. Mala cosa que la delegada del Gobierno afirme, como hizo días atrás con airada reiteración, que el sistema integral de vigilancia exterior funciona razonablemente bien, tirando a muy bien. Malo es dar un portazo a los hechos, y todavía peor que haya subestimado la preocupación de quienes vienen denunciando que el sistema se está enterando de la película la mitad. Demasiado tiempo con notables bocas de agua en sus mecanismos. Muchos meses sin conocer quién o qué demonios pasa en los alrededores. Tan absurdo es plantear que vamos ciegos en el control del espacio marítimo como, en el otro extremo, cabalgar sobre la fantasía que requiere negar la mayor. El sistema falla, sí. Más de lo concebible, sin duda. Quienes conviven con él describen un panorama que no deja espacio para los paños calientes. Contratos de mantenimiento caducados, y no renovados. Radares sin desembalar. Zonas de sombra por las que entran o salen aquellos que lo hacen aprovechando el descontrol del control. ¿Debe Elena Máñez o el Gobierno del Estado cargar con la responsabilidad de tantas averías? Quienes están en el cargo hace apenas cien días no merecen pagar por tal pecado, pero flaco favor se hacen cerrando los ojos o pidiendo, con cierto acaloro, que se mire hacia otro lado. Como mecanismo de defensa, la negación consiste en encarar los conflictos (los problemas) negando su existencia o relevancia, desmintiendo aquellos aspectos de la realidad que resultan incómodos, políticamente delicados o, en un ámbito más personal, desagradables. La delegada del Gobierno cayó días atrás en la tentación de dar la espalda a una captación lógica de la realidad. La buena noticia es que en las últimas cuarenta y ocho horas ha vuelto a cruzar el espejo, ha regresado a este lado, renunciando así a empadronarse en el país de las maravillas e iniciando una descripción más crítica (y realista) de un sistema integral de vigilancia exterior caducado, embalado, insuficiente o averiado, un problema que lejos de ser negado exige inversión, transparencia e iniciativa.

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