Según el termómetro de relevancia que manejan algunos, el Estatuto no es importante porque en cafeterías, bautizos, desayunos tardíos, entierros, estadios o cenas de empresas nadie lo nombra, celebra o valora. Y, efectivamente, pobre de aquel que dé la brasa a aquellos con quienes comparte mesa en una boda evangelizando sobre la suerte de que, por fin, ahora sí, hayamos puesto al día tanto el Régimen Económico y Fiscal como el Estatuto de Autonomía (en este punto, recuerdo pública y también íntimamente a Adán; a Adán Martín, que tanto lo peleó). Cierto, no hay contribuyente con dos dedos de frente que se arriesgue a ser expulsado de una despedida de soltero por dar la paliza con la buena noticia, porque lo es, y de las gordas, de que dos de los pilares del edificio hayan sido actualizados en paralelo, garantizando así -y aquí está el epicentro de la satisfacción- que un buen montón de decisiones no sigan dependiendo de los buenos o malos humores, modales o despertares de los gobiernos de España. Es verdad que en las gradas del fútbol o en las salas de cine no se habla del fomento de la igualdad, del incremento de las herramientas para proteger a los más vulnerables, de la elevación de nuestro techo de decisión, del anclaje del Régimen Económico y Fiscal (liberándolo del sistema general de financiación autonómica) o de que con la reforma nos acercamos algo más a la mayoría de edad en la gestión de nuestras costas. Nadie habla de eso, no, y tampoco de la Constitución, ni del Código Penal o de otros marcos de convivencia que, como pasa con el Estatuto o el REF, definen el día a día de los que creemos que sí, que esos textos son importantes, y también el de los que piensan que no va con ellos porque nadie habla de eso. Cuando tanto se dice, escribe y retuitea sobre las carreteras, qué menos que celebrar que estos días vean la luz dos textos que tienen que ver con las personas que ruedan sobre esas carreteras camino del trabajo o de regreso a casa. Siendo las cosas siempre manifiestamente mejorables, REF y Estatuto bien valen una legislatura. Queda darle una vuelta a la reforma del sistema electoral, ponerlo al día para evitar las distorsiones de un modelo de representación del que tampoco nadie habla en las cafeterías, despedidas de soltero o gradas del fútbol, y no por ello deja de ser algo importante.
