Yo simpatizo bastante con los yanquis, no lo voy a negar, pero no les perdono que hayan exportado a España la pollabobada de Halloween, ese día en el que la población infantil toca en las casas al grito de “truco o trato” y te sacan unos caramelos, o unas monedas si no tienes caramelos. Eso de jugar con los muertos me resulta muy mexicano, pero poco práctico. A los muertos hay que dejarlos en paz, o recordarlos, como hacemos en España, con unas flores el día de los Difuntos. Eso de Halloween es un invento de los grandes almacenes, que venden calabazas de plástico y caretas de zombis, a cual de peor gusto. En España, cuando la oprobiosa, no se permitían ni siquiera los carnavales. Por eso los clandestinos eran tan divertidos. Era, además, la única época en la que trabajaban los municipales. Con el tiempo entró esta machangada de Halloween, una práctica extranjera que ni nos va ni nos viene. Pero este es un pueblo con tan poca personalidad que todo lo raro lo acoge, lo hace suyo y ahora en España se celebra Halloween con más entusiasmo que en los mismísimos Estados Unidos, donde es una costumbre arraigada. Claro que en un país en el que el PSOE quiere castigar a quienes hacen apología de Franco, al tiempo que pretende despenalizar las injurias al rey, puede pasar cualquier cosa. Al fin y al cabo, el pueblo se puede convertir en un reflejo de sus gobernantes, así que a la vista de la actual escalada de poder, en 2019 todos iremos con coletas y falsificaremos tesis doctorales, que es la moda. Yo sé que todo esto significa predicar en el
desierto, pero, qué quieren que les diga, soy un ser inasequible al
desaliento. Y eso.
