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Mi sueño victoriano

La otra noche vi dos o tres capítulos de la serie Victoria -Lord Melbourne es uno de mis personajes favoritos en la historia de Inglaterra- y me quedé dormido hasta las tres de la tarde del día siguiente

La otra noche vi dos o tres capítulos de la serie Victoria -Lord Melbourne es uno de mis personajes favoritos en la historia de Inglaterra- y me quedé dormido hasta las tres de la tarde del día siguiente. Y lo peor es que Mini, mi perra, que es un reloj, no hizo nada por alertarme sobre la hora de su almuerzo, algo insólito en los ocho años que tiene. Cuando desperté sabía que había soñado, pero no recordaba qué. No había sido un sueño desagradable, porque cuando esto ocurre me despierto a media noche, alterado. ¿Será posible que el tedio nacional me haga dormir más horas que cuando era joven? ¿Lo puedo achacar a que hace meses que no veo un telediario y que me limito a las series de Netflix, al fútbol y a los documentales de viajes? No lo sé, ni tampoco me importa. Pero mi desinterés por casi todo llega al punto de que no me acuerdo por qué les cuento esto, que a ustedes les importará un carajo. Duermo con el mar a cien metros y no lo oigo, o sea que evidentemente alguna facultad estoy perdiendo, aunque hay amigos que se empeñan en decir que me encuentro en mi mejor momento -lo que compensa la opinión de ciertos entrañables enemigos, que aseguran que estoy acabadito- (El canario, cuando quiere joder al prójimo, tiende al diminutivo; y, si no, consulten la memorable frase de Domingo de Laguna: “¡Qué acabadito estás!”, pronunciada en voz baja y en la esquina de la catedral, al paso de un moribundo coburgo). Tengo yo ocurrencias mezclando a la reina Victoria y a Lord Melbourne con Domingo de Laguna. Pero no olviden que este iletrado colega le dio el brazo a Churchill para ayudarlo a bajar los escalones del Lido San Telmo, en el Puerto de la Cruz. ¡Coño, ese fue mi sueño victoriano!

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