Era madrugada y estaba lloviendo. Yo me había pasado con los mejillones y, sobre todo, con la cerveza. Y me entraron, en medio de aquella tromba, unas irrefrenables ganas de mear. No había nada abierto, así que me metí en una de las garitas de la fachada del Ayuntamiento de Bruselas y oriné tanto como mi vejiga quiso. La meada se confundió con la lluvia y no pasó nada, no llegó un coche de la policía, ni me acordé en aquel momento de los patriotas belgas ejecutados en aquella plaza por la intransigencia del monarca español reinante. Cuento esto porque en la serie Madame Secretary, un miembro de su gabinete no encontró monedas europeas para abrir la puerta del baño portátil callejero, pasado de vueltas de cerveza, y soltó lastre en un rincón del camino, aunque esta vez sí se encontró con un patrullero policial, cuya dotación lo detuvo por hacer lo que no debía y pasó unas cuantas horas en comisaría. Extraño, porque los belgas son muy permisivos, excepto, por lo que se ve, para los que hacen pipí en la vía pública. Y eso, a pesar de que Bruselas cuenta con el mayor meón del mundo, el Manneken Pis, al que una vez Pepe Segura le enfundó un traje de mago con bragueta, durante la Europalia, que le quedaba al pobre como un saco. Quizá estas anécdotas agraden más a mi lector matemático, de quien les hablé anteayer, que me ha prohibido que trate de política en esta sección. Ni siquiera de Tezanos, el que falsifica las encuestas del CIS. Seguiré contando mis meadas, a lo largo y ancho de este mundo. Ya saben que sufrí otro episodio durante el largo discurso de un político aquí nombrado, porque estaba atrapado en un rincón de la mesa y no podía escapar. Me meé encima.
