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el charco hondo

Apoyabrazos

Hay quienes en los aviones, demostrando experiencia, know how y mucho kilometraje a bordo

Hay quienes en los aviones, demostrando experiencia, know how y mucho kilometraje a bordo, estando todavía de pie, en el pasillo, lanzan uno de los brazos por encima de cabezas y asientos, de tal forma que, a riesgo de que se les extravíe, consiguen ganar la posición en el apoyabrazos incluso antes de llegar a su fila y sentarse. Así, de primeras, puede parecer extraño o exagerado, pero en los aviones todo es posible; incluso que, dadas las crecientes estrecheces, ante la falta de espacio entre el asiento propio y el anterior, algunos pasajeros habituales estén renunciando a volar con sus piernas por no tener dónde meterlas y, no sin pena, porque lo normal es que sea más cómodo volar de cuerpo entero, opten por coger un vuelo y embarcar a las piernas en el siguiente. Volviendo a lo de los apoyabrazos, quienes viajan con frecuencia, o poco, tanto da, saben que la guerra sin cuartel para tener donde apoyarse, y no quedar con los brazos en el limbo, requiere conocimiento, ciertas dosis de inteligencia emocional, reflejos, hábito, destreza y concentración. Si dejas que el del asiento de al lado ocupe el apoyabrazos, especialmente si ha tocado sentarse en el medio, el vuelo durará psicológicamente el triple. En el medio no se tiene nada y se nos niega todo: no hay ventanilla por la que mirar y distraerse, ni pasillo que genere el espejismo de amplitud, y está escrito que cuando por fin logras coger el sueño al de la ventanilla le entran ganas de ir al baño. Ahora bien, siendo relevantes esos y otros elementos, la madre de todo los nudos está en el apoyabrazos. Solo los más audaces se lo ganan, y únicamente los profesionales son capaces de recuperar la posición en un apoyabrazos que otro ya ha ocupado. Aunque no se sepa, sobre el particular está escrito un protocolo poco conocido, según el cual la persona en el medio tiene prioridad sobre los dos reposabrazos. Pura teoría. Papel mojado. Ganar la posición, y no perderla, solo está a la altura de maestros ajedrecistas. Se juega en silencio, los jugadores se mueven de forma imperceptible, acechan y saltan a por el apoyabrazos con movimientos lentos, haciéndose los desinteresados, como sin querer. Hay quien ha visto a algunos pasajeros lanzar uno de los brazos por encima de asientos y cabezas para garantizarse la posición.

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