La benevolencia de Lucas Fernández ha hecho que mañana comience otra sección en este periódico: Conversaciones en Los Limoneros, extinguida ya, por agotamiento, mi sección de los lunes, Mis queridos amigos y enemigos. Ha sido, esta primera, una charla distendida, frente a la espléndida comida del citado restaurante, con Manuel Hermoso, que lo fue todo en la política canaria y ahora disfruta de un retiro plácido. Manolo se sinceró conmigo. Algunas de las cosas que me dijo no las reflejé en el texto que se publica mañana, porque eran muy personales. Yo no fui justo con este hombre bueno, que recordó mucho en la conversación al fallecido Adán Martín, con el que yo acabé fatal por culpa de la maldita política y de sus intrincados vericuetos. Todas estas cosas que hablo con veteranos líderes me devuelven las ganas de afrontar unas memorias con método -hay mucho publicado-, pero al cabo me entra de nuevo la vagancia y abandono la tentación con un puntapié (en el culo de la tentación). Manolo fue siempre hombre de diálogo. Hacía fáciles las cosas difíciles y tenía una paciencia benedictina con sus rivales políticos. No digamos con los pesados de los vecinos, porque lidiar con los vecinos es una inquisición, sobre todo con algunos muy persistentes, confianzudos y chachones. Pero Manolo se las arreglaba para dejarlos contentos y jamás los calificó como lo hago yo, sino todo lo contrario. Como decía Cantinflas, “¿nos portamos como caballeros o como lo que somos?”. Creo que le he sacado cosas al personaje, aunque la primera entrega de un nuevo formato siempre es difícil. El siguiente de la lista será Fernando Fernández, que también tiene tantas cosas que contar. Curiosamente, los dos coincidieron en Los Limoneros cuando yo almorzaba con Manolo, el viernes último.
