En el hotel Pierre de Nueva York trabajaba un metre español llamado Albarracín, que me explicó algunas curiosidades del establecimiento, en el que me alojé una vez. Ese era el hotel de Jackie Kennedy y de don Juan de Borbón durante sus estancias en la ciudad. Y de muchísimas personas más. Me habló Albarracín de las propinas de los clientes, mientras de fondo sonaba un piano con la música del Fantasma de la Ópera, musical eternamente representado en Broadway. Se había averiado el aire acondicionado de mi habitación, así que me asignaron una de las suites presidenciales, que era como un palacio, enorme, llena de cuartos de baño y de obras de arte, naturalmente sin cargo adicional alguno. Por eso no se me olvidará nunca ese hotel, uno de los más famosos de Nueva York, que además de habitaciones y suites dispone de apartamentos de los que disfrutan personalidades multimillonarias. Alguien que me acompañaba le preguntó sobre las estancias allí de mafiosos y entonces Albarracín hizo una finta, dio dos vueltas alrededor de sí mismo y desapareció. Me jodió mi acompañante la suculenta información que el metre me estaba dando de la historia del Pierre, ya digo que apasionante. Tiene el hotel unos frescos preciosos, una vajilla espectacular y se come muy bien en sus distintos restaurantes. Yo echo de menos Nueva York, una ciudad en la que siempre lo he pasado muy bien, he vivido y he disfrutado de muchos de sus encantos. Está claro eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor y tengo motivos para pensarlo, sin renunciar a los escasos placeres del presente. No sé dónde estará ahora Albarracín -quizá haga ya veinte años de nuestra breve conversación-, pero guardo un gratísimo recuerdo de la estancia en el Pierre, situado junto al Central Park, tan lleno también de recuerdos.
