Hay cuestiones que precipitan al abismo a los hombres y a las mujeres. Ocurrió tras la derrota de Napoleón en España: Fernando VII, el Deseado, volvió a ser rey. Lo logró por el arrojo de sus súbditos. Él, en compensación, convirtió el reino en absolutista, derogó la Constitución de Cádiz y persiguió a los progresistas con saña; un sujeto sin escrúpulos, vengativo, traicionero, dueño de la Década Ominosa y causante de la primera guerra carlista. Mas el rey es el rey, asunto de descendencia. Cuatro mujeres y solo la última, María Cristina de las Dos Sicilias, le dio dos hijas. La primera (María Antonia de Nápoles) confió a su madre la impresión: un adefesio. Bajo, obeso, enfermo de gota, con testículos exagerados y no bien puestos y la impotencia sexual era su sino por esas fechas. Le duraban poco las elegidas: cuatro años la primera, dos la segunda… De donde, corría prisa. Y eligió: María Josefa Amalia de Sajonia, una muchacha de dieciséis años que se había criado en un convento y que las relaciones sexuales no solo le resultaban pecaminosas sino inauditas. Por joven y hermosa, el dicho rey actuó. Una de las noches de boda más catastróficas que los humanos recuerdan. El espantajo la acosó en el aposento, la forzó… La niña, fuera de sí, triturada en la angustia por una acción que ni deseaba ni cabía en su fino organismo, se orinó y defecó desesperada.
Usurpar cuerpos y voluntades, monstruosidad que quiebra la pertenencia. Lo contó Borges en uno de sus cuentos más extraordinarios, Emma Zunz. Relató ahí lo que a él mismo lo acosaba y no ocultó porque jamás puso precio ético a la sinceridad: el complejo de Edipo, eso de suponer que el padre le hizo alguna vez a su madre lo que estaba fuera de su alcance. La cuestión es el maléfico regalo de un padre a su hija, el que le traspasara la venganza por ser acusado de un crimen que no cometió. Ella deplora, pero ha de actuar como Hamlet. El plan es perfecto y patético. En el puerto se hace dolorosa y ominosamente copular por un marinero. El esbirro morirá porque la violó.
Borges corrobora la soberbia argucia de los hombres: lo que existe no es ficción, pero la ficción confirma. La pobre Emma Zunz acosó al real con sus imposibilidades, el impedimento de ser penetrada. Y jugó con el real, poseída para matar sin ser acusada por ello. ¿La niña al que el perverso y espantoso rey obligó soñó con un paraíso que al mundo la clavara y por el que pudo deshacer la inquina de aquello que la machacó?
