AENA se le asignaron competencias específicas y muy claras: la gestión de la red de aeropuertos españoles, las instalaciones y redes de ayuda a la navegación aérea y el control de la circulación aeronáutica. No se nombró a Cabildo o Diputación o entidad alguna subrogada. Se encargó a esa empresa pública estatal el cometido concreto para el fin conveniente. Y así sucede con las iniciativas llevadas a cabo en el territorio ad hoc, la ejecución de los proyectos que dan la medida de esas instalaciones en España, que no están mal. Es. Y por ello AENA decide conforme las necesidades. Por ejemplo, invertir 62,4 millones de euros en construir una tercera terminal y transformar los aparcamientos en el Aeropuerto Sur de Tenerife. Mas, miren por donde, esa decisión se da de bruces con uno de los políticos de mayor lumbre de Canarias, don Carlos Alonso, ese que esconde la ineficacia de la gestión viaria aduciendo que lo que ocurre en la autopista del Norte es culpa de la Universidad de La Laguna por no abrir las clases a las diez mañana. Trama gloriosa.
Para el caso, y lo sorprendente, no es que el Cabildo, como corporación, objete, luego de revisar el plan dicho, y lo discuta y dé forma a un proyecto conforme al estudio concienzudo y pormenorizado a fin de proponer una opción distinta o complementaria a la de AENA. No; quien instruye es el supremo en declaraciones desde Londres. Y lo que sabemos de la cosa es lo que AENA licita, no lo que argumenta el proto-hombre. Que es sublime: no los tienen en cuenta (al Cabildo) y (sin pruebas) alega que se trata de reformas. De modo que la cosa queda así, ellos fuera de juego, por lo que el Sr. Alonso sugiere un recado lerdo y adverso: literalmente, “la confrontación”. No sorprende. Por más si lo que irradia valor al susodicho es su astucia. Se dice nacionalista y por los libros que ha leído parece que lo es. Palabra fecunda, entonces: para AENA, Tenerife es una “colonia”. Infame. Una cosa es la sensación y otra la razón, y a los políticos se le paga por sensatos. Que Canarias fuera un territorio de conquista, no se duda, que se asuma la mirada postcolonial, imprescindible; pero que seamos una colonia solo se lo creen los ignorantes. Pero ahí estamos, ese es el timón ideológico que nos representa: el criollismo se desplaza al amparo de lo que siempre ha defendido la derecha disoluta: intervenir en el dinero que traen; el resto (incluso la conciencia comunal) que espere. Aún queda tiempo hasta el juicio final.

