el charco hondo

¿Por qué no escribes sobre Rufián?

Oye, ¿y tú por qué no escribes sobre Gabriel Rufián?, ¿cómo es que no has dicho nada sobre tamaño impresentable?, ¿acaso eres de los que quita hierro a lo que pasó la semana pasada en el Congreso? Siete días escuchando éstas y otras preguntas en cumpleaños, cañas de sábado o conversaciones de ascensor, entre otros escenarios, condenan a hablar de un personaje absolutamente menor que no merece la atención que el país está prestándole. Se cae masivamente en la trampa de regalar existencia a quien, no conociéndosele propuesta o iniciativa alguna, ha caído en la cuenta de que los españoles son un público agradecido, fácil de arrastrar a los códigos de una representación tan básica como la suya, tan infantil, previsible, viejuna. No juego, paso de Rufián. Nada puede o debe decirse de algo que se desenvuelve en la nada de nada. Alguien que, como es su caso, lo cobra estupendamente bien como diputado de un Parlamento a sus ojos extranjero, debe partirse el pecho cuando le cuenta a sus amigos lo que le pagan por payasada, una al mes, no más, dosificando, porque ir a más sería tanto como trabajar. No cabe, eso sí, reproche constitucional o poner en duda las legitimidades, Rufián es tan diputado como quienes se sientan en los demás escaños. Nada que objetar por ahí. Ahora bien, tratándose de alguien que no verbaliza hilo conducto alguno, y del que nada se sabe sobre su productividad (parlamentaria o no), difícilmente puede decirse que estaría coartándose su libertad de expresión si, como se hace con quienes saltan al césped en el transcurso de un partido de fútbol o irrumpen en un escenario para hacerse ver, este país aprendiera a sacarlo de cámara, a obviarlo, dejándolo a solas con su juguete bien retribuido, silenciando sus gags. Mala cosa que en el Congreso el titular de apertura sea un individuo tan elemental, tan previsible, tan poca cosa. Si se pasa de la raya, que lo obliguen a abandonar el salón de plenos, punto final, fin. No, ni hablo ni escribo de Gabriel Rufián porque nada puede añadirse a la nada. Allá quienes prefieran ponerse a bailar cada vez que Rufián pincha un disco. Yo, paso. Respondo a las preguntas que han caído en cumpleaños, cañas de fin de semana y bajando o subiendo en el ascensor, y ya, ni una línea más, ni un minuto más sobre un tal Rufián.

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