Cuenta la prensa que un tal Ángel Garó (cuya estima es haber formado parte de un dúo musical hace muchos años) cobra veinticuatro mil euros multiplicados por nueve (216.000 en total) por participar quince minutos en un programa de la TV. Uno piensa (porque hay quien piense) y no atina a interpretar qué aporta ese individuo para que tal precio alcance. Y respondes: esas emisoras lanzan deliberadamente al aire semejantes patrañas para que ciertos espectadores las devoren. Han descubierto que la estupidez es negocio, según quien la consuma. Lo cual nos lleva a aceptar que no todos los seres de este planeta han de escuchar al sublime Bach o leer el Quijote, por más que sea el libro nacional, pero lo que no atinamos a comprender es cómo es posible que haya alguien que pase horas detrás de una pantalla de un televisor viendo la más aberrante nulidad. Repasas y ves: supuestas tertulias con seres de medio pelo que ni discuten ni escuchan, el grito es su escudo, si revelaciones íntimas propias más las de otros, si insultos aterradores se suman los descarnados; no hay acomodo alguno para el secreto y lo que muestran las intervenciones es un invento pavoroso con sucesos que se reparten entre sí: ligues, embarazos, engaños, divorcios… Nada queda impune.
Lo que sucede con esas cadenas de TV en España es que han sabido aprovechar lo que uno de los más infaustos seres del planeta, Silvio Berlusconi, inventó para Italia: desamortizar el sentido común, la cordura y el modelo político de los sectores que dan los votos suficientes para gobernar. El asunto es trasladar fuera del mundo a esas conciencias haciéndolas consumir basura y más basura, haciéndolas entender que lo más prodigioso de la vida es el déjese llevar y la facilidad. Una destreza inicua, aplastante y maligna. Por eso Berlusconi gobernó y Trump, un actor de la tele bazofia, se alzó con el premio en el país más poderoso del mundo.
Lo pavoroso es que esas señales de la TV confirman una realidad que nunca antes habíamos contemplado: acreditar la inmundicia y la vileza ética que desplaza a los sensatos y los hace extranjeros, como si vivieran en planetas extraños o en campos de concentración de la segunda guerra mundial. Y ello en aras de lo que aprovechan y llaman “libertad de expresión”. Luego, conformarnos o perseguir al avión.
Será difícil contradecir la argucia siniestra de esos listillos, que ganan mucho dinero por desacreditar a la audiencia. Es decir, estamos perdidos.


