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el charco hondo

Cosas raras

A veces, pocas, en este país ocurren cosas raras, extraordinarias, tan excepcionales que se adentran en el terreno de lo paranormal.

A veces, pocas, en este país ocurren cosas raras, extraordinarias, tan excepcionales que se adentran en el terreno de lo paranormal. A veces, pocas, se viven episodios que disparan la curiosidad y el interés informativo, o la circulación en las redes. Sin irnos más lejos, hace pocos días, en el Congreso, el diputado Alberto Rodríguez protagonizó un momento que algunos medios han catalogado de inédito, y que consistió en ser amable con un parlamentario de otro partido. Es usted buena persona, le pone calidez humana a este sitio, vamos a echarlo de menos -le dijo-. Tal cual. Extraordinario. Paranormal. Extraño. Raro. Cómo no sorprenderse con algo así. Cómo no acabar convertido ese instante en una bomba de visualizaciones. Hay otros episodios. Están pasando cosas. Cuentan que este sábado coincidieron en el ascensor el del quinto con la del segundo, y dicen, al parecer, eso se comenta, que sonrieron al verse, charlaron y se interesaron por las cosas del otro, los niños, el trabajo, y así, qué raro, piensan diferente, votan distinto, y aún así se hablaron con cordialidad. Hay más. Corre el rumor de que el viernes, en una cena de antiguos alumnos, más de treinta españoles con militancias diferentes y distintas simpatías políticas, pasaron la tarde echándose una risas, tal cual, al parecer no hubo empujones, ni insultos, tampoco agresiones verbales, nada, increíble, raro, extraño. Ayer, en el bar de abajo, otro más entre dos habituales, ambos en los extremos de la barra, también en los extremos respecto a la manera de entender a qué país y a qué sociedad o valores aspiramos, y sin que alguien acierte a explicar cómo, fueron capaces de discrepar sin levantar la voz, respetando, despidiéndose con una broma. A veces, pocas, en este país ocurren cosas como las del bar, el ascensor, los diputados o el almuerzo, episodios que vienen a recordarnos que, instalados en el guerracivilismo que los partidos alimentan con escaso disimulo, ya damos por extraordinario, extraño o anormal algo tan normal como que dos discrepen sin perderse la sonrisa ni el respeto. La normalidad democrática ha perdido el conocimiento. Ora para que el foco no caiga sobre la mediocridad de la gestión pública, ora para sacar de escena las corruptelas recientes o presentes, los partidos se sienten más cómodos arrastrando a la opinión pública al jardín de las vísceras. Y ahí nos tienen, sorprendiéndonos cuando dos que piensan distinto se comportan con normalidad.

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